ABUELA

Perdóname por no haberte conocido. Perdóname por ser tan cobarde en permitir que mis excusas de tiempos y distancias hayan forrado la simple presencia de ir a buscarte para salir a caminar un rato por el parque. Créeme si te digo que todavía sigo teniendo en mi pecho esa daga cuando te fui a visitar y me doy con la sorpresa que ya no podías ver. Ver más allá y mirar todo el espacio natural donde vivías. No sabes cómo me sentí cuando me enteré de tu partida, abuela mía. Todavía no he llorado por ti, y quizás no lo haga, por miedo a no seguir con esta pena y con todo el dolor que llevo ahora y que llevaré siempre por no tener los cojones necesarios de ir por lo menos a visitar el lugar donde ahora descansas en paz.
Me acuerdo que un día me arreglaste mi rompecabezas, le pusiste plataforma nueva, porque ya la otra plataforma estaba deteriorada, y bajo la almohada yo esperaba el arreglo que habías hecho con tus tiernas manos. También recuerdo que un día me preguntaste, cuando yo tenía siete años, qué iba a ser de grande. Yo te respondí: -Ingeniero- me volviste a preguntar: -¿Así que me vas a hacer mi casa mi hijo?-... -sí, abuelita-… respondí yo.
Bueno, soy ingeniero, pero no el Ingeniero Civil que tú pensaste, ni mucho menos hago casas o algo que se le parezca. Te reirás en el cielo abuela, yo sigo pensando que otra vez te fallé, porque no te pude construir la casita que te prometí. Y creo que te fallaré siempre, porque no puede construir la famosa unión que existe entre un nieto y su abuela, o sea, esa complicidad inalcanzable y eterna; protectora y sabia; tierna y misionera. Lamentablemente ya no se puede hacer nada, ya estás en el cielo, seguro cantando, seguro esperando la casita de éste tu ingrato nieto.
Me hubiese gustado mucho que conozcas a Rafaela, tu bisnieta. No sabes lo que es esa niña, mi hija es incomparable, es muy valiente y muy despierta. Pero no te preocupes abuela, yo le hablaré mucho de ti. Le contaré que fuiste una mujer maravillosa, con dos matrimonios a cuestas (enviudaste muy joven) pero, a pesar de eso, supiste salir adelante con tus nueve hijos, uno de ellos, es mi padre, tu hijo, tu vivo retrato. Rafaela tiene tus ojos chinitos, esa mirada achinada que sólo tú manejabas, blanca como el cabello que llevaste. Tanto mi padre, tu bisnieta y yo heredamos, gracias a Dios, tu eterna nobleza.
No estoy triste por tu muerte, claro está, duele tu ausencia; sino, con la enorme pena de que ahora yo con una bella hija en este mundo, no pude ni siquiera decirte cuánto te AMO, abuela de mi alma, abuela de tu sangre amarilla, ayer, hoy y siempre: PERDÓNAME.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias.