ANTES DE HACERTE EL AMOR.

Iván Luis Sánchez Córdova.
Antes de hacerte el amor quiero decirte mil cosas. Decirte por ejemplo, que te amo. Que bonito suena, no lo niegues, suena bonito. Otra cosa que te quiero decir es, te extraño. A pesar que estás muy cerca, aquí mismo, a mi lado, a pesar que respiro tu aliento fresco y me duermo con tus suspiros, a pesar de eso, te extraño. ¿Quién lo diría amor?, ya tenemos once años de estar juntos. ¿Te acuerdas cuando te dije para que fuéramos enamorados?, sí, te estás riendo, eso quiere decir que sí te acuerdas. Tanto así, que te estás ruborizando. Déjame tocarte la cara con mis manos aún frías para poder refrescar un poquito tus lindos cachetes. Ya ves, ahora sí, vuelves a estar tranquila. Esta noche, quiero recordar todos esos momentos felices que pasamos juntos. Aquellos momentos que hoy en día, gracias a ellos, somos más humanos, más fuertes y, por supuesto, más felices. Hoy no te quiero tocar, sólo hablar, hablemos mi amor. Sé que te gusta reposar sobre mi pecho, aunque soy lampiño, reposas en él, hasta quedarte dormida… Vamos, antes que te duermas, ¿cuéntame qué te gustó de mí?... Ya sabía, mi forma de ser. Yo siempre en la universidad te contaba chistes y tú te reías mucho. Aunque yo no me esmeraba mucho en contarlos, porque los chistes me salían al natural, tanto así, que en cada compartir hacía un monólogo de cada cosa, de cada situación, de cada locura, en cada rutina que, por ese entonces, nos tenía muy atrapados, muy aburridos. Y tú reías, así como ahora te estás riendo… Ahora, te quiero contar qué es lo que me gustó de ti. Me gustó tu silencio, ese silencio atrapado a tu mirada, ese silencio que aún practicas, ese silencio renovado, ese silencio antes de hacer el amor y después de hacerlo. Tantos silencios mi amor, tantos espacios eternos, en fin chiquita, a la memoria, nuestro amor.
Me estoy enfocando en tu silencio, sin obviar, claro está, en todo el espacio que te rodea, para demostrarte que las cosas más simples son las más bellas, las más naturales, y a la vez, las más complejas. No te rías amor, ni me mires así, sabes muy bien que soy de esas personas que se fijan en cosas que para otros les pueden parecer una tontería o simple y llanamente pasar desapercibidas… sí, ya sé, no te estás burlando de mí, te conozco muy bien, tanto así, que no te conozco nada. Y, así es mejor chiquita. Porque de esa manera tengo la seguridad de poder tener la plácida tarea de conocerte otra vez, en cada momento del día a día… no sabes cómo me ha gustado ese beso que me acabas de dar. Tus besos son estimulantes, los tienes de diferente sabores, ahora, me saben a fresa, mañana seguro a mandarina y así y así, y más… No me hagas reír, no me hagas cosquillas, sigamos hablando… nunca voy a olvidar el día que te pedí que te cases conmigo. Estábamos en una fiesta de nuestro mejor amigo, Abraham. Cuando salíamos de la fiesta, en plena avenida Brasil, ya eso de las cinco de la madrugada, te pedí que bailaras conmigo. Bailamos, yo cantaba, la canción que tanto nos gusta, que tanto amamos, “Si tú supieras” de Alejandro Fernández. Es allí que te dije, interrumpiendo mi voz al canto y los pasos al baile, que te casaras conmigo, si realmente querías ser mi esposa para toda la vida, si tus días merecían que yo los cuide. Te quedaste muda, otra vez tu bendito silencio que tanto amo, pero esa vez me envolvió en una duda, te confieso, tenía miedo, me puse nervioso. Pero no por mucho tiempo, porque empezaste a llorar, y yo ya sabía qué significaban esas lágrimas. Me acuerdo que, después de calmarte, me dijiste:
“cuando te conocí sabía que eras el hombre de mi vida, me lo dijo mi corazón, me lo dijo mi cerebro, me lo dijo mi madre que está en el cielo. Todo esto me parece un sueño tan hermoso, y lo más increíble es que no estoy soñando, que todo esto es algo real. No puedo creer que ahora esté a tu lado y que tú me estés pidiendo que me case contigo. Todo ha sucedido tan rápido mi amor. Pero déjame decirte que yo ya me casé contigo, yo ya soy tuya, ya mi sangre tiene tus venas, ya mi mundo tiene tu nombre… no es todo, sólo eres tú. Y si no te convence lo que te acabo de decir, entonces… sí me quiero casar contigo, sí, sí, sí…”
No chiquita, no vayas a llorar ahora. Por favor… bueno, si eso te hace sentir bien, adelante mi amor, llora… no dejes de abrazarme, que yo nunca te voy a soltar. Esa noche tus palabras fueron de otro mundo, algo indescriptible, algo sobrenatural. No, ahora el que quiere llorar soy yo… abrázame fuerte, muy fuerte… ¿Quieres seguir conversando ó quieres encontrar el silencio?, te dije que no te iba a tocar, pero es inútil, nos necesitamos tanto, entonces, volvamos a buscar ese silencio que tanto nos gusta buscar. Ya hemos hablado lo suficiente mi amor, basta por hoy, ¿sí?… apaguemos cada uno nuestro velador, y empecemos a sentir ese silencio eterno, ese silencio, que dicho sea de paso, a los vecinos, no les gusta para nada… ¡no, no me hagas cosquillas!...
Me estoy enfocando en tu silencio, sin obviar, claro está, en todo el espacio que te rodea, para demostrarte que las cosas más simples son las más bellas, las más naturales, y a la vez, las más complejas. No te rías amor, ni me mires así, sabes muy bien que soy de esas personas que se fijan en cosas que para otros les pueden parecer una tontería o simple y llanamente pasar desapercibidas… sí, ya sé, no te estás burlando de mí, te conozco muy bien, tanto así, que no te conozco nada. Y, así es mejor chiquita. Porque de esa manera tengo la seguridad de poder tener la plácida tarea de conocerte otra vez, en cada momento del día a día… no sabes cómo me ha gustado ese beso que me acabas de dar. Tus besos son estimulantes, los tienes de diferente sabores, ahora, me saben a fresa, mañana seguro a mandarina y así y así, y más… No me hagas reír, no me hagas cosquillas, sigamos hablando… nunca voy a olvidar el día que te pedí que te cases conmigo. Estábamos en una fiesta de nuestro mejor amigo, Abraham. Cuando salíamos de la fiesta, en plena avenida Brasil, ya eso de las cinco de la madrugada, te pedí que bailaras conmigo. Bailamos, yo cantaba, la canción que tanto nos gusta, que tanto amamos, “Si tú supieras” de Alejandro Fernández. Es allí que te dije, interrumpiendo mi voz al canto y los pasos al baile, que te casaras conmigo, si realmente querías ser mi esposa para toda la vida, si tus días merecían que yo los cuide. Te quedaste muda, otra vez tu bendito silencio que tanto amo, pero esa vez me envolvió en una duda, te confieso, tenía miedo, me puse nervioso. Pero no por mucho tiempo, porque empezaste a llorar, y yo ya sabía qué significaban esas lágrimas. Me acuerdo que, después de calmarte, me dijiste:
“cuando te conocí sabía que eras el hombre de mi vida, me lo dijo mi corazón, me lo dijo mi cerebro, me lo dijo mi madre que está en el cielo. Todo esto me parece un sueño tan hermoso, y lo más increíble es que no estoy soñando, que todo esto es algo real. No puedo creer que ahora esté a tu lado y que tú me estés pidiendo que me case contigo. Todo ha sucedido tan rápido mi amor. Pero déjame decirte que yo ya me casé contigo, yo ya soy tuya, ya mi sangre tiene tus venas, ya mi mundo tiene tu nombre… no es todo, sólo eres tú. Y si no te convence lo que te acabo de decir, entonces… sí me quiero casar contigo, sí, sí, sí…”
No chiquita, no vayas a llorar ahora. Por favor… bueno, si eso te hace sentir bien, adelante mi amor, llora… no dejes de abrazarme, que yo nunca te voy a soltar. Esa noche tus palabras fueron de otro mundo, algo indescriptible, algo sobrenatural. No, ahora el que quiere llorar soy yo… abrázame fuerte, muy fuerte… ¿Quieres seguir conversando ó quieres encontrar el silencio?, te dije que no te iba a tocar, pero es inútil, nos necesitamos tanto, entonces, volvamos a buscar ese silencio que tanto nos gusta buscar. Ya hemos hablado lo suficiente mi amor, basta por hoy, ¿sí?… apaguemos cada uno nuestro velador, y empecemos a sentir ese silencio eterno, ese silencio, que dicho sea de paso, a los vecinos, no les gusta para nada… ¡no, no me hagas cosquillas!...
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias.