UN PROFESOR GORDO Y FLOJO.
Estoy gordo. Dicen que, al estar así, se me ve muy bien. No lo creo. Bueno, por lo menos no me doy cuenta; salvo, de mi sobrepeso y de las renegadas ganas que tengo de caminar un par de cuadras producto de mi flojera. Y todo porque ya estoy gordo. Ya tengo treinta y dos años y seis meses más; y mis canas, a lo lejos, ya se empiezan a notar de una manera llamativa y desalineada. Ya no hago ejercicios para estar fibroso ó algo que se le parezca. Cada vez que quiero levantar algo pesado (valga el termino), le pido ayuda a mi cuñado, y si no está él en casa, salgo a la calle a intersectar a cualquier chibolo para que me ayude. Claro está, con propina incluida. Los sábados y los domingos me la paso viendo televisión, no sin antes, estar en la computadora por horas. El único ejercicio que hago es empinar el codo, el brazo y el vaso, en cualquier lugar donde se pueda tomar (chelear) tranquilo y sin que nadie te moleste. A mí me gusta mucho la cerveza y a mis amigos y amigas también. Vaya ejercicio que hago todos los sábados en las noches por varias horas ¿no?. Por eso es que, la única parte de mi cuerpo que no necesita gimnasio, es mi brazo derecho. Para que no se me vea más deforme de lo que soy, tengo que empezar a empinar el codo con el otro brazo. Y así, seguro, poco a poco (me has querido) tendré mis dos brazos bien fornidos y bien marcados.Yo trabajo en un colegio. Soy profesor de literatura y dicto clases a todos los alumnos del quinto año. Mis alumnos son muy educados, salvo mis alumnas (15, 16 y 17 años), ellas siempre encuentran la forma para hacer hora conmigo. Yo no me molesto y, no es porque sea un profesor lorna, como suelen decir algunos, sino, que en mis clases siempre hay de todo. ¿A qué me refiero?... que en mis clases hay: seriedad, atención, participación, bromas y como resultado, risas. Claro y clarísimo está, siempre llevando las cosas por los parámetros adecuados y coherentes.
Me tengo que referir a tres alumnas en especial. Tres alumnas muy fuera de serie. Una se llama María, la otra Solange y la última, la más bajita del salón, se llama Ana. Con María, tenemos una relación muy bonita. Ella es mi delegada del salón, para ser más preciso, delegada de mi curso. Ella misma se ofreció. Cuando le pregunté a todos, quién quería ser mi delegado ó delegada; ella, María, alzó la mano sin complejos ni vergüenzas. Ya tenemos mucho tiempo trabajando juntos. María es muy ordenada, muy estudiosa y muy fiel. Fiel a ella misma. Fiel a sus principios. Ella me controla las asistencias de todos en el salón y eso me incluye. María, me ayuda a pasar todas las notas de los exámenes ya corregidos. A veces ella misma pasa las notas a las actas. María, tiene una ortografía de nivel y una letra superlativa. A veces me ayuda a corregir los exámenes y, a veces (casi siempre), me ayuda en todo… en fin, mi flojera puede más. María, no es una alumna que se aprovecha de la situación, ya que es delegada de mi curso. Ella, no se aprovecha de la situación para pedirme favores. Nunca, bueno, hasta hora, no me ha faltado a clases, es responsable con sus notas, es muy inteligente y es muy observadora. Y no sólo en mi curso, sino, con todos los cursos que le ha tocado estudiar. María, me ha dicho que quiere estudiar Derecho. Yo la aliento y la estimulo a que no decaída con su inclinación de estudiar Derecho. No es una novedad que hay muchos abogados en el Perú, sobre todo, en Lima. Ser el mejor, en este caso, ser la mejor; hoy en día, es la meta de todo profesional. Ser la mejor, sin jugadas sucias, ni bochornosas situaciones. Ser la mejor, compitiendo sin miedos, sin prejuicios y sin invidias. Dios no quiera, pero nadie está libre, si algún día tengo un problema con la justicia (problema injustamente), ojalá, Dios quiera, sea ella quien me defienda. Sea María, quien me ayude, como ahora mismo lo está haciendo. Bendiciones, María, que Dios te cuide y que te proteja porque lo demás es cosa tuya, y déjame decirte que vas por buen camino. Si eres eficiente para un profesor gordo y flojo; imagínate, cuando seas abogada, lo profesional que vas a ser.
-María, mañana quiero todo el consolidado de las asistencias de todos los alumnos… Gracias, futura doctora.
La bella Solange. La última vez que conversamos, fue porque me querías contar de Raúl, el chico que te traía loca (¿ó trae?, no sé cómo estarás ahora con el bobo), sí, de él. Bueno, no he tenido la oportunidad de conocerlo, ni de enseñarle, pues Raúl había repetido cuarto año. Y por ende, no había pasado el quinto año de secundaria, año donde yo recién estoy enseñando. Me acuerdo cuando me interceptaste, después de acabar con la clase de literatura. Con lágrimas en los ojos me dijiste que querías hablar conmigo.
-Profe, puedo hablar con usted…
Cuando te vi y, dicho sea paso, entendí la situación, supe que era algo fuerte, directamente al corazón. Fue a la hora de salida que conversamos mi niña, Solange. Ya todos se estaban retirando para sus casas. Y nos quedamos solos en el salón. Mi bella alumna, que triste se te veía. Y no era para menos. Raúl, te había dicho para terminar. También te había dicho que ya no le gustabas y que ya le gustaba otra chica, una chica de su nuevo salón de retroceso. Yo nunca fui bueno para dar consejos, mucho menos, dar consejos sobre el amor y el desamor. Pero ese día, estuve inspirado, y me salierón todos los consejos del mundo para ti. Tanto así, que te llegué a querer y a mirar como una mujer. No, no lo vayas a tomar mal, ¿ya?... al referirme que te llegué a querer y a mirar como una mujer, me refiero a que hubiese dado la vida para que tengas, en ese momento, una edad coherente a la mía y así poder conquistar tu bello corazón. Por ratos creía que estaba hablando con una mujer de veintiocho años, tus palabras fueron tan coherentes, tan maduras, te expresabas, a pesar de tu desamor, con nivel y con mucho futuro. Cuando terminamos de conversar, nos fuimos a tomar unos ricos helados, ya te contaba chistes viejos, tú reías, mis ocurrencias eran atinadas y tú volvías, otra vez, a ver la vida de otra manera, con otro panorama.
Ahora, te veo más bella que nunca; tus expresiones son más definidas y siempre con esa bella sonrisa a la orden del día. Sabía que no me ibas a fallar, Solange. Sabía que le ibas a dar vuela al asunto y te ibas a dedicar más a tus estudios, para darte cuenta que el amor, siempre, donde menos lo esperamos, se hace presente, para cambiarlo todo, para vivirlo todo. Vayan las misma bendiciones para ti, y cuando seas esa Contadora que sueñas ser, nunca te olvides de éste profesor gordo y flojo que, cuenta los días, para encontrar en su vida, una niña-mujer, como tú.
-Ya ves, Solange, que no soy bueno para dar consejos… acuérdate que mañana lunes, hay examen de Literatura.
En un salón de clases siempre tiene que haber un(a) alumno(a) bromista. Aunque hay varios que hacen lo mismo, pero, siempre resalta el/la más bromista. Bueno, en mi clase la que se encarga de eso se llama, Ana. Ella siempre suele soltar las precisas. Justo, cuando veo que mis alumnos están aburridos por la clase. Es cierto, hay temas en mi curso que más se presta a no llamar la atención. Es ahí donde interviene, Ana. La más pequeñita, la más ocurrente.
-Bueno días profesor…
-Hola, Ana…
-¡Ay Profesor!, le queda muy bien esa camisa
-Gracias, Anita, pero es una camisa simple, común y corriente…
-Pero le asienta muy bien… ¿Sí ó no chicas, le queda bien esa camisa al, Profe, no?
-Sssssssíííííííí………
Y yo me pongo rojo como un tomate. Así es ella, así es, Ana. Ella le puede quitar el enojo a cualquiera. Te puede sacar una sonrisa donde no la hay, donde no la tienes. Te puede despertar la inocencia y, a la vez, enseñar que, a veces, a la vida no hay que tomarla muy apecho, que más vale una broma que un insulto, más vale la alegría que la tristeza y más vale (mil veces) una niña llamada Ana que muchas alumnas etiquetadas por esta sociedad. Hace poco conocí a la madre de Ana. Una mujer muy guapa y muy joven. Fue por ella que me enteré que el papá de Ana fue asesinado por los senderistas allá en el departamento de Ayacucho. Una emboscada cobarde y perversa, muy al estilo de Sendero. Ana, estaba muy chiquita cuando su padre partió a mejor vida. Es por eso, claro está, mucho antes de saber lo de su padre, que Ana, en toda esa alegría que transmite su carita, sale a flote una gotita de tristeza. Seguro no llegó a conocer a su padre del todo o seguro ni lo conoció. No estamos ajenos a las duras pruebas de la vida. Bueno, Anita, nosotros los mortales estamos a la espera de la muerte, algún día nos tiene que tocar y si tu padre partió primero, no te desesperes, porque atrás vamos también. Cuando estés en el Cielo, eso será, Dios quiera, cuando tengas doscientos años de vida, verás a tu padre y ahora sí, tendrán una vida para siempre. Van a recuperar el tiempo perdido y van a bromearse, tan ó más, como bromeas con tu profesor de Literatura, un profesor gordo y flojo. Te quiero mucho, pequeñita, cuídate mucho y a ver si le tomas más atención al tema de Literatura Universal, porque veo que estás un poco perdida con ese tema. Tu última nota acusa mi preocupación. Y nunca me cambies de sonrisa y nunca te seques esa gotita de tristeza porque le da un bonito toque a tu fisionomía y nunca me engañes, por favor, porque de verdad, a mi parecer, mis camisas no me quedan muy bien.
-Anita, cuantas veces te voy a decir que Mario Vargas Llosa, nació en el Perú y no en España como sueles decir siempre…
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