CAPÍTULO 5
INOCENCIA Y TERNURA AZUL. 5 Mi madre Liz es hija única. Ella siempre me inculcó desde pequeño que los animales, que todos los animales en general, son hijos de Dios. A la edad de cuatro años entendí su explicación, ya que en casa teníamos una gata y una perra. Y para ella, aquellos seres humanos irracionales, donde compartió vivencias insuperables, fueron sus únicos hermanos de toda su vida; tanto así y más, como si fueran hermanos de sangre. Desde cualquier óptica donde se le mire, tal cual es señores. La gata se llamaba Amanda, todavía la recuerdo, juguetona a pesar de los años, siempre le gustaba dormir en la cocina, nunca se acostumbró a dormir en el lugar que mi madre le había designado. Nunca en su vida atrapó a un ratón o algo que se le parezca; a pesar que, en la lavandería, guardábamos bastante periódicos pasados donde los ratones encontraban abrigo, sobre todo, en las épocas de invierno. Mi madre Liz nunca llegó a matar a ningún ratón, sólo los espantaba, pues la mujer que me...

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