Viajando en combi
La mañana empieza a
ser cruda. Los hijos y los nietos salen de sus respectivas casas hacia los
colegios, institutos y universidades. Lima cae sin abrigo sobre su misma
vereda, sobre su mismo cuerpo. Todos somos atrapados, si se puede decir de
alguna manera, por los desafiantes vientos limeños y las neblinas limeñas
cegadoras. El tráfico es la orquesta desafinada de un concierto rutinario. Un
oficinista dentro de su auto escucha U2
a todo volumen. Por la avenida prolongación los periódicos transportan a los
canillitas, a su vez, ellos transportan las noticias; vaya mierda de frio, vaya
calor humano de mierda de frio. El río Rímac es invadido por una carretera
profunda y muy pronto será vulnerada por un conjunto de ruedas. Modernidad para
algunos, locura para otros. Lo cierto es que cuando miremos de un buen tiempo a
aquí a nuestro legendario río hablador, ya no vamos a ver tanta basura
acumulada e indigentes autodestruyéndose por las orillas del río y los
gallinazos emigrarán a las playas contaminadas porque allí estarán mejor, claro
está, siempre y cuando haya sobre el acantilado un cadáver y/o un ser muerto
flotando en el mar.
Hombres de chalecos
de color amarillo por todas partes caminando sobre las veredas de las avenidas
Wilson y Tacna, obligando y controlando a las combis, autos y micros para un
mejor desplazamiento, todo esto para agilizar de alguna manera el tedioso
tráfico que nos rodea. No me gusta subir al Metropolitano, menos, al Tren
Eléctrico. Esas dos avenidas (Wilson y Tacna) son de verdad mundos muy diferentes.
La Iglesia de las Nazarenas, ya en Octubre va despertando al Cristo Morado, el
milagro hecho imagen. Santa Rosa de Lima y de muchos distritos, seguirá
durmiendo en su hermosa casa, papel tiene de sobra, también tiene las cartas y
las conciencias de la gente. La casa de San Martín de Porres se va
desvaneciendo con el tiempo. La injusticia frente al Palacio de Justicia, el hotel
Sheraton, siempre bien vestido, el
Centro Comercial Real Plaza de todas las comidas chatarras es adicta a las
ensaladas de frutas podridas y ya no hace falta visitar la casa Matusita,
porque ya no existe o por lo menos ya nadie le tiene miedo. Es que el miedo se
ha convertido en inseguridad, peor aún, en terror, porque cuando Lima está de
noche, todo se vuelve diferente, todo se aleja de la realidad, todos somos otras
personas, los gatos son verdes y ya no pardos, los “perros” muerden y adiós a es
dicho que dice: perro que ladra no muerde. Los travestis son los dueños de los
hombres con deseos de otros hombres, y las prostitutas lloran el pasado de su
Lima querida, de su Lima olvidada, olvidada en su tristeza inmortal.
Hostales al paso, hoteles
lujosos, huevitos de codorniz la entrada perfecta a las comidas tradicionales. La
avenida Abancay lugar perfecto para volverse loco y enamorarse de la
desesperación. Papa, huevo y choclo, el manjar de los sueños. La Plaza San
Martín más pintada que una señora de modas, el Palacio de Gobierno leyendo
siempre El Caretas, la Municipalidad buscando siempre las soluciones a los
problemas de los soñadores anónimos de la noche. La Catedral, la casa de un
millonario, el jirón Ocoña, el dólar baja y no sube, el Jirón de la Unión lleno
de turistas, es el único lugar donde suelo caminar mirando para adelante y
mirando para atrás. Si hay que tomarse un buen trago, que sea en Lima señores,
porque allí está toda mi gente, con sus dolores, con sus amores y con todos sus
sueños. En fin, Lima siempre será Lima, la ETERNA y, a Dios gracias, jamás
morirá.
-Bajo en Wilson,
señor cobrador…
-Bajan Wilson, pie
derecho, pie derecho… lleva…

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