CAPITULO II
EN LA MISMA VEREDA.

Sebastián, no se despertó para ir a la universidad. Él sabía muy bien que tenía que dar una práctica muy importante; pero, también sabía que, no había estudiado casi nada, por la fuerte y desafiante borrachera que se metió ayer. En la conciencia que algo tenía que hacer, Sebastián abrió los ojos y de un brinco como recordando algo se despertó. “Putamadre que tal bomba, mierda... Puta, la práctica... ¿Mi billetera?, ¿dónde está?”, Sebastián, se dio cuenta que no estaba solo en su cama. “¿Puta madre, y esta huevona?... ¿cómo se llama?... a ver, Sebastián... no, no recuerdo, no, ni hablar, si empiezo a adivinar llegaré más tarde que nunca a la universidad” Sebastián, sin importarle nada, empezó a despertar a la chica que estaba sobre su cama. Ella dormía llena de paz. “Hey levántate, se acabó la fiesta... Hey “amiga” despierta”. Le quitó la sabana y se dio cuenta que estaba completamente desnuda... “Puta que rica que está”. Un pensamiento salió a flote de la cabeza destruida de Sebastián en medio de su larga resaca:
“Cuando uno está borracho en la cama con una mujer, no se da cuenta de nada, ni siquiera que está desnuda”.
En ese instante, ella también de un brinco, se despertó.
-Hola... ¿Qué hora es Sebas?
-Exactamente las once y cuarenta de la mañana, me vas a disculpar pero tengo una práctica que dar en la universidad, así que otro día hablamos.
-Pero Sebas, me prometiste que hoy viernes me ibas a llevar a pasear por todo Lima...
-Sí, claro que me acuerdo, pero me olvidé que tenía una práctica pendiente en la universidad.
Sebastián, no se acordaba de nada, ni de promesas ni de juramentos y ni siquiera del nombre de aquella mujer que había dormido en su cama.
-Bueno me voy a bañar, vístete que yo te llevo a tu casa ¿está bien?, y por la tarde te doy una llamada...
-¿De verdad Sebas...?
-Sí loquita, te llamo, pero de verdad estoy apurado.
Sebastián que también estaba desnudo, rápidamente entró a la ducha, abrió la misma y se empezó a reír. “Jejejeje la cagada, quién será ésta comadre, que mierda le habré prometido, ni su nombre me acuerdo; pero eso sí, está bien buena la condenada. Maldita práctica, es muy importante, si no voy o no me presento la cago”. Sebastián se percató que no se había sacado el preservativo que le estaba colgando en su parte intima. “Mierda, puta madre, que responsable soy... Jejejeje, bueno, al menos soy responsable en algo”.
En ese mismo momento Sebastián cerró la llave de la ducha porque se dio cuenta que la mujer con quien había pasado toda la noche estaba entrando al baño donde él estaba bañándose. La mujer abrió el caño y se enjuagó la boca, luego se sentó en el “trono del placer” y con un ruido exagerado empezó a miccionar. Al Terminar y totalmente desnuda entró a la ducha donde estaba Sebastián.
-Qué tal Sebastián, creíste que muy fácil te ibas a librar de mí...
Sebastián con una sonrisa de coquetería salió de la ducha diciéndole:
-Espérame un toque...
Y se dirigió al botiquín del baño para sacar de emergencia otro preservativo.
-Ahora si muñeca... ¿Me decías...?
Ella le quitó el preservativo y le dijo:
-Yo te lo pongo... Me gusta hacerlo.
-Bueno, si así lo quieres...
Ella empezó acariciar su miembro viril hasta ponérselo duro. Se llevó el preservativo a la boca y se lo puso con la misma. Haciéndole el sexo oral con destreza y cuidado. Sebastián ya estaba recordando un poco el origen de aquella aventura que le estaba haciendo disfrutar de placer.
-¿Cómo te llamas? -dijo Sebastián-
Ella, tomó la pregunta como un juego de seducción, en cambio Sebastián sabía que ese era el momento preciso para preguntarle su nombre.
-Me llamo, Sara...
-Bien Sara... entonces volvamos a recordar lo que hicimos ayer...
Sebastián, no perdió más tiempo y empezó a voltear a la mujer que había estado con él toda la noche que no recordaba. Abrió la llave de la ducha nuevamente como volviendo a reiniciar todo lo que no se acordaba producto de su larga borrachera. El agua tibia empezaba a caer en sus cabezas como una pequeña catarata. Sara no podía besar a Sebastián, estaba de espalda hacia él; pero se llenaba de placer a la media que Sebastián vulneraba su dorsal. Sebastián ya estaba adentro de Sara y le empezó hacer el amor lentamente, sin apuros. Sara sólo miraba las manos de Sebastián que le acariciaban sus delicados senos sin importarle que fueran pequeños, tan pequeños e iguales a las modelos de raza caucásica. Llegaron a sentirse vivos otra vez, inyectándose dosis de placer incontrolado, haciendo del vapor, una atmósfera de deseo y lujuria...
Después de una prolongada escena de amor en el baño, con los dedos de los pies arrugados por el agua tibia. Sebastián calculó que a esta hora, su práctica en la universidad, ya había terminado. “A la mierda con mi práctica, total ya estaba cagado en ese curso... Pero ahora estoy viviendo el presente con esta mujer que me cayó del cielo y esta es una de las mejores prácticas de mi vida. Bueno, pasaré toda la mañana con ella... Así que Sara ¿no?”.
-¿Y ahora qué hacemos Sara?, vamos a desayunar, a pasear o seguimos haciendo el amor...
-Quiero conocer Lima, Sebas...
-Ah, verdad que yo te prometí eso... Ahora que estoy más lúcido, bueno, todavía con un poco de resaca, me vas a contar cómo es que estamos aquí en mi departamento haciendo el amor como perros callejeros.
-¿Qué no te acuerdas nada Sebas...?
-Sí, algo me acuerdo, pero... Quiero recordar cómo te conocí, que te dije, en que fiesta... en fin, No sé. Y de paso me cuentas de tu vida... Lo único que sé de ti es que te llamas Sara.
-Chévere Sebastián, pero, qué te parece primero si comemos algo... Tengo hambre.
-Sí, sí... Vamos acá cerca hay un restaurante muy bueno, donde preparan unos desayunos de primera. No son como esos restaurantes pitucos de este edificio que preparan una porquería de comida.
En esas bromas de complicidad, mirándose mutuamente y a la vez vistiéndose frente a frente. Sebastián, sintió una sana curiosidad por Sara. Una curiosidad de esas donde siempre llegas a una conclusión. Que la bella Sara no era como las demás chicas de Lima, esas que no saben donde están paradas, exactamente todas las chicas con que Sebastián solía acostarse. Algo curioso para él. Pensaba que, por decirle que acá en todo el corazón de Miraflores quedaba un restaurante donde preparaban unos desayunos de primera, ella lo iba a mandar a rodar. Como hacían todas las chicas limeñas, con el cual él se había acostaba. Pues una persona de su clase de buen dinero, acomodado, con el coche de moda y con una buena cuenta en el banco a su disposición, cómo era posible que coma en un restaurante de “mala muerte”.
Sebastián encontró su billetera de bajo de la cama, se dio cuenta que todo el efectivo que había llevado la noche anterior se había reducido solamente a cien soles. “Vaya que gasté, qué importa, por ahí creo que tengo algo guardado y, si no alcanza, sacaré dinero del cajero o del banco. Para eso se hizo el dinero, para gastarlo y, mejor aún, si no es tuyo jejejeje”.
-¿De qué te ríes Sebas?...
-De nada Sara... Bueno, ¿ya estás lista?...
-Sí.
-Entonces, nos vamos...
Sebastián cerró la puerta de su departamento sin asegurarla, sabía muy bien que el edificio estaba bien vigilado. Entró en el ascensor junto con Sara y, ahora ella, se empezaba a reír.
-¿Ahora tú, de qué te ríes?... –Preguntó Sebastián-
-Jajajaja, nada Sebas... Me estoy acordando que casi lo hacemos aquí.
-¿De verdad?, No te creo, Sara...
-Sí, pero yo te tuve que aguantarte, pues estábamos haciendo mucho ruido, tú no te dabas cuenta, llevabas una borrachera del demonio...
-Qué loco soy... Y dime, ¿nadie se dio cuenta?... ¿no salió nadie?...
-No, felizmente, ¿pero sabes?
-¿Qué?...
-Sí hicimos mucha bulla...
Sebastián, no sabía si era la primera vez que quería hacer el amor en un ascensor estando en un estado etílico exagerado. Nadie de sus aventuras le habría dicho eso, seguramente no le dijeron nada, por el simple hecho que no tenía importancia. Sebastián notó que para Sara sí tenía importancia, otra situación más que encontraba irónica. “Vamos a ver qué más sorpresas tengo, por ahora, estoy tratando de recordar sin saber qué hacer”. Se decía a sí mismo Sebastián saliendo del edificio.
-¿Sara, adónde vas...? jejejeje, se te olvida que tengo coche, yo sé que te dije que el restaurante quedaba cerca; pero también se te olvidó que te iba a llevar a conocer Lima.
-Claro que me acuerdo de tu coche, pero después del susto que me diste a noche, casi nos chocamos con los postes de luz... Ibas muy rápido.
-Yo manejo así, me gusta la velocidad, el peligro, la aventura y cuando estoy borracho siento la muerte cerca... Jejejeje...
-Algún día te vas a matar... Y esa risa se convertirá en llanto cuando seas espíritu.
-No, es una broma, a veces me excedo un poco; pero descuida, yo manejo como cualquier terrestre en su sano juicio.
Sara ya se había sentado en el coche de Sebastián, un BMW, serie cinco, de color rojo con lunas polarizadas. Sara no podía evitar cuestionarse, se ponía a pensar, por qué diablos no se iba a su departamento que quedaba en el distrito de Lince. Cómo su vida había dado un giro de ciento ochenta grados en tan sólo una noche. Cuál era el motivo de estar con éste hombre sin conocerlo, sin saber nada de su vida y, sobre todo, cómo llegó a costarse con él.
Llegaron al restaurante y las miradas de la gente no se hicieron de esperar. Entraron y con un saludo de cortesía Sebastián le estrechó la mano al dueño del restaurante:
-¡Hola Pedrito, qué tal!...
-¡Hola Sebas!, tú como siempre bien acompañado...
-Se hace lo que se puede... Jejejeje. Te presento a Sara.
-Hola Sara bienvenida, toma asiento...
-Gracias... –dijo Sara-
-¿Y en qué les puedo servir?... –Preguntó Pedro-
- Ay Pedrito no vas a pensar que estamos aquí para que nos cuentes chistes.
-Sí verdad, que tonto soy...
-Bueno Pedrito a mí me traes una hamburguesa con queso y papas gruesas. Bastante mayonesa y tártara. Como tú lo sabes preparar.
-Claro pues Sebas... ¿Y para la señorita?...
-No sé, ¿Sara qué quieres...?. Pide con confianza, no hay problema.
-Bueno para mí, un cuarto de pollo con bastante ensalada...
-Listo Pedrito ya escuchaste...
-¿Y para tomar?...
-Lo de siempre una Inca Kola...No hay otra. ¿Tú que quieres para tomar Sara...?
-Solamente agua, por favor...
-Quieres mantener la dieta, jejejeje...
-Sí Sebas, quiero mantener la dieta.
Sebastián, le miró sin que ella se de cuenta y la encontró más bella que nunca, con su cabello suelto y sus labios carnosos.
-Sara eres muy linda...
-Gracias Sebastián, gracias por el cumplido...
-No de verdad Sara, eres muy bella, que te puedo decir, estoy idiotizado con tu belleza. Pero ahora cuéntame cómo llegamos a conocernos... Lo único que me acuerdo es que estaba en casa de mi amigo Lucho, por el motivo de su cumple, y bueno, creo que yo llegué bastante avanzado ¿no?.
Sara, prendió un cigarrillo sin que él se de cuenta y empezó a contarle:
-Yo soy muy amiga de Lucho, él me contrata para sus desfile de modas, y en ese faranduleo nos hicimos muy amigos.
-Claro Lucho, el multifacético Lucho Otcane... Somos amigos desde el colegio... Ahora él es un maestro de modas y toda esa gama de aventuras estéticas...
-Sí, me imagino, estuviste parte de la noche hablando mucho con él...
-Seguro, siempre hay un buen tema para conversar con Luchito. ¿Sabes...? este es un secreto que te voy a contar, pero no se lo vayas a decir a nadie y mucho menos a Lucho, ¿ya?.
-Sebas, ¿qué me estás queriendo decir?... Que soy una chismosa...
-No, para nada, sólo te advierto sanamente. Bueno, a lo que te iba a contar:
Yo pensaba que Lucho era maricón, cuando estábamos en el colegio, era un chico tranquilo y nunca participaba en las perradas que hacíamos esa clásica manchita rebelde del colegio con nuestras lindas compañeras de clase... Lucho siempre se mantuvo al margen. Un día me acuerdo cuando ya estaba finalizando nuestro último año de cole, le pusimos una flaca para que debutara en mi casa, justamente en mi cuarto. Pero él no hizo nada y lo más gracioso de toda esta historia es que al salir él de mi cuarto, nos dio una excusa fatal, que quedó y quedará para toda la vida. Cada vez que nos ponemos a chupar con la gente de la promo le tocamos el tema y nos cagamos de risa. Resulta que, cuando le preguntamos que había pasado con la chica, nos dijo tartamudeando, nada, que a él solamente se le paraba en su casa, mas no, en otro sitio jejejejeje.
-Ja jaaaaa ¿qué, de verdad Sebas?... Qué buena...
-Y hace dos años que de nuevo lo estoy frecuentando, cuando me enteré que está en todo eso del espectáculo y la moda, me dije a mí mismo, éste se volvió maricón. Pero nada que ver, tú has manyado como habla, medio amanerado ¿no?... pero esa es su táctica, no sabes las mujeres que se lleva a la cama. Así que Sara ten mucho cuidado jejejeje.
Sara hacía una mueca de risa con el cigarrillo en la boca, botaba el humo como recordando algo:
-Sí, me han dicho que es un mujeriego de primera... Además, yo también pensaba que era gay, pero un día en pleno evento cuando el vestido no me quedaba, él me trajo otro y me lo puso, quitándome el que tenía puesto, ganándose con todo mi cuerpo desnudo y de paso me metió una punteada que sentí toda su parte dura.
-Anda, qué, sí, jejejejeje ese Luchito todas se las sabe... Pero, es un buen amigo y me da gusto que el solo, desde que murió su padre, ha salido adelante. Bien por él... Así que eres modelo Sara, cómo no vas a ser modelo mujer, si tienes un cuerpo de impacto junto a tu belleza, ni hablar, eres una lady.
-Sí lo soy, modestia a parte jajajaja, pero yo no me moría por ser modelo, yo soy de Trujillo, me vine a Lima ya hace dos años a estudiar turismo; pero lamentablemente sólo hay turismo en universidades privadas que cuestan mucha plata. Y tuve que trabajar para mantenerme en esta ciudad donde sí te cuestan las cosas si quieres vivir bien. Mis padres son muy buenos y ellos me pagan el alquiler del departamento en Lince... Pero están molestos conmigo por mi trabajo, son muy a la antigua. Pero, ¿qué voy a hacer ya?, también siento que ahora el modelar es parte de mi vida...
-Mira tú, no eres de Lima, con razón se te escapa un dejo medio raro, muy gracioso...
-Tampoco te burles Sebas...
-No para nada, ¿Y qué edad tienes...?
-Veintidós años...
-Una edad excelente para vivir muchas cosas.
-¿Y tú, Sebas...?
-Yo veinticinco...
-No tontito, tú que me cuentas de tu vida... Por lo que veo tienes plata y vives solo.
-Soy un privilegiado del cielo...Jejejeje.... No mentira. Bueno, algo de verdad hay.
En ese mismo momento apareció Pedrito con los pedidos, muy suculentos y olorosos.
-Para ti Sebas... Tal como te gusta y para la señorita su pollo con bastante ensalada. Tu Inca Kola y para ella su agua mineral.
-Gracias Pedrito te pasaste...
-Gracias, como en casa... –Le dijo Sara a Pedro-
Pedrito con una sonrisa de frescura se retiró.
-No te dije, acá cocinan como los dioses.
-Sí, ya veo.
-Y eso que todavía no has probado nada...
-Ya Sebas no me cambies el tema, me estabas contando de tu vida.
-De verdad ¿no?, en eso estábamos… Bueno, soy hijo único, estudio Administración de Empresas en la universidad más cara de Lima, mis padres me pagan la carrera. A ellos, a veces los veo; porque constantemente viajan a los Estados Unidos, como tienen la visa de residencia. Por ahí se van a pasar las navidades o a florar cualquier rutina estúpida. Ellos viven en el distrito de la Molina, bueno mi ex casa, ahí tienen cancha de fútbol, piscina, cancha de tenis, en fin… la casa es tan grande como una universidad estatal. Y lo más irónico de todo esto, es que viven los dos nada más, con un culo de sirvientes; y claro, mi abuelo mi querido abuelo por parte de padre. Yo vivo solo desde los dieciocho años, nunca me voy olvidar que justo el día de mi cumpleaños mi padre me dio una caja vacía envuelta de papel de regalo y adentro de ella había dos llaves. Una llave era de un departamento y la otra de un coche.
Bueno, el departamento ya lo conoces y, el coche, bueno, éste es nuevo, el otro se lo vendí a un amigo muy querido. Apenas tuve la llave de mi departamento me fui de mi casa junto con mi coche.
Sara muy atenta seguía escuchando a Sebastián sin darse cuenta que su cigarrillo se le había espirado en su mano.
-Me falta un año para terminar la carrera, pero al paso que voy, ponle dos años. Lo mío es la música, tengo una banda de rock y tocamos en las concurridas discotecas de moda. Yo canto y soy segunda guitarra en el grupo...
-Con razón tienes colgadas en la pared de tu sala cuatro guitarras muy bonitas... ¿Y cómo se llama tu grupo...?
-Se llama “Los Debutantes”...
-Que original nombre... jajajajaja...
-No te rías pues Sara... Le pusimos así por un ex integrante, que se jactaba que era un cacherito de primera... Y al final descubrimos que no había estado con ninguna mujer.
Sara no aguantaba la risa y no podía probar bocado alguno pues no paraba de reírse.
-Ay Sebas, tú sí que tienes buen sentido del humor...
-Sí, se nota ¿no?, pero me vas a disculpar, porque ahora voy a tragar como un cerdo, perdóname... Me muero de hambre. Y tú haz lo mismo, que veo que no has comido nada por estar riéndote.
Sara empezó a probar lo que había pedido, sin dejar de mirar a su comensal, se quedó pensando cómo Sebastián prácticamente le había resumió toda su vida. Lo sentía muy sincero y honesto. “No hay como un hombre simple. A pesar que es un privilegiado, pues nunca le ha faltado nada y se nota que tiene una vida asegurada, está aquí conmigo en un restaurante sin hacer alarde de lo que tiene, ni de lujos o algo por el estilo. Hombres así son los que me llaman la atención. Es por eso que, a simple vista, cuando entró en el cumpleaños de Lucho, con su camisa azul y ese Jean negro, ese mismo, que ahora lleva puesto, el impacto fue instantáneo”. Sara encontró las respuestas a las interrogantes que su conciencia le estaba pidiendo a cada rato. Sara hizo lo que su cuerpo y hormonas le pedían. No tenía por qué sentirse avergonzada de nada; a demás ella no tenía tabúes ni era presa de esos convencionalismos apretados y dañinos de una sociedad prejuiciosa y, sobre todo, machista. Ella vivía intensamente con inteligencia y sabía que arrepentirse era perder el tiempo. “Estoy feliz aquí junto con Sebas y ese presente es lo único que me importa, lo que pase mañana o lo que pasó ayer, eso ya no tiene nada que ver conmigo”. Sara, no dejó de mirar a Sebastián que de inmediato volvió a hacerle otra pregunta:
-¿Y tu padre a qué se dedica Sebastián...?.
-Bueno mi padre es dueño de varias empresas y accionistas de otras... Hay que recocer que él es el único que ha llevando el apellido García por los cielos. Ya que mis tres tíos son exitosos pero no tanto como él. Y todo se debe a mi abuelo. Mi abuelo le dejó el legado a mi padre por ser el más capaz para los negocios. Mi abuelo es el único que está vivo, los otros tres están muertos por la ley de la vida.
-Así que Sebastián a la larga tendrás que hacerte cargo de todo...
-Eso es lo que mi padre quiere, sobre todo, mi madre... Pero como te repito yo no nací para los negocios, ni para vestirme de terno y corbata. Yo soy músico y eso es lo que me gusta hacer. Y si estoy estudiando Administración, es para darles gusto a mis padres y más aún a mi abuelo. Me acuerdo cuando era chico y mis padres paraban constantemente viajando a los Estados Unidos, cómo me divertía contándole mis travesuras a mi abuelo y, él como reía, mi abuelo era muy cómplice de mis locuras. Prácticamente él es mi guía y, a la vez, mi segundo padre. Cuando me fui a vivir solo, una de las penas más grandes que tuve al dejar mi casa, fue separarme de mi abuelo. Cuando acabe mi carrera al primero que le voy a entregar mi cartón es a mi abuelo, espero que la vida me de esa oportunidad.
-Pero Sebastián, ¿cuando tu padre no pueda con los negocios qué pasara...?
-Bueno, para eso falta mucho, además el viejo está fuerte todavía, fuerte y sano...
Sebastián, acabó muy satisfecho su hamburguesa, y Sara su cuarto de pollo. Sebastián con un gesto de amabilidad llamó a Pedrito para pagarle la cuenta. Pedro al acercarse y recibir el dinero se dio cuenta que su amigo Sebastián le había dejado diez soles de más. Con una mirada de discreción y sin que Sara se dé cuenta, Sebastián le guiñó el ojo a Pedrito como diciéndole que esto quedaba entre nosotros. Pedrito muy agradecido hizo la misma operación y se dejó vencer por la alegría.
Sebastián y Sara salieron del restaurante dirigiéndose al coche rojo, se detuvieron sin poder aguantarse y se besaron con furia. Poniendo en evidencia que todavía quedaba mucho por hacer. Sebastián le dejó de besar a Sara y le preguntó:
-¿Qué lugar de Lima quieres conocer...?
Sara lo miró fijamente y, después de otro beso prolongado, le contestó:
-Sebastián pensarás que soy una ridícula y una anticuada; pero voy a ser muy sincera. ¿No te vayas a reír con el lugar que te voy a decir, ah?...
-No te preocupes, prometo no reírme.
-Me gustaría conocer el zoológico de Lima...
-Jejejeje...
-¡Me prometiste que no te ibas a reír...!
-Jejejeje... Te juro Sara que en mi mente no estaba ese lugar... Yo pensaba que me ibas a decir otro lugar. Hay que reconocer que eres muy original... Y eso me gusta de una mujer.
-No me lo digas, soy una ridícula...
-Mmmm... Claro que vamos a ir al zoológico, a ver a los monos, tigres, leones etc... Creo que desde los seis años junto con mi abuelo no voy a ese lugar. Espero que siga vivo el elefante que de niño recuerdo que le daba de comer.
Se besaron de nuevo, pero ya no con furia, sino con ternura. Sebastián no pudo disimular, confundiendo las cosas. Entraron al coche y otra vez se besaron. Sebastián hizo contacto para ir al zoológico y se dio cuenta que hace tiempo no actuaba así con una mujer.
Llegaron al zoológico sin ninguna prisa. Sebastián estacionó su coche en un sitio muy seguro. Al llegar a la puerta de entrada, después de una cola regular, Sebastián cumplió con el deber de proteger el parque pagando las dos entradas y Sara le agarraba la mano sin importarle que hasta ese momento no hubiera nada comprometedor, nada personal. Estando los dos ya en el parque, Sebastián se dio cuenta que todo había cambiado, que ese parque rústico y a la vez vetusto ya no existía. Lo encontraba mejorado y moderno. Con la mirada desorientada, Sebastián se dirigió de nuevo a la puerta y pidió un croquis de guía, sin consultarle a Sara.
Ella estaba presa de la emoción, se sintió maravillada por estar ahí. Como si volviera a ser niña otra vez. Con su carita de velocidad observaba feliz aquel lugar haciendo de su mirada unos binoculares para no perderse. Se percató que Sebastián regresaba con un papel en la mano mirando hacia el fondo del parque moviendo la cabeza constantemente. Sara, volvió a sujetarse de la mano de Sebastián y, esperó sin ningún apuro, que él tomase de nuevo la palabra.
-Aquí dice que hay que ir por la Costa, después por la Sierra y terminando por la Selva. Lo curioso es que cuando era niño y, venía con mi abuelo a este lugar, podías divisar muy rápido las regiones. Ahora veo que tienes que pasar por varios lugares. ¿Cómo ha cambiado esto?... ha cambiado para bien y para mal. Para bien porque ahora encuentras todo moderno y se ve bonito. Para mal porque le han quitado al parque ese toque rústico aventurero que te hacía alucinar que estabas en una selva de verdad... Bueno Sara, ya estamos aquí y veremos lo que pasa...
Sebastián cuando terminó de hablar miró a Sara y se dio cuenta que lo último que le importaba a ella era un croquis de guía.
-Sebastián nos va a caer la noche y no vamos ni siquiera a conocer a las aves...
-Perdóname Sara pero estoy un poco desorientado, pero sí, tienes razón, vamos por el lugar que se presente mejor. Porque eso de mirar las flechas y el nombre de los animales no me cuadra mucho.
Sebastián hizo una pelota de papel con el croquis de guía y con una patada lo echó al bote de basura.
Pasaron toda la tarde conociendo todos los diversos animales tanto de la Costa, Sierra y Selva. Demostrándose a sí mismos que las cosas más simples son las más bellas. Y haciendo del presente un verdadero refugio. Sebastián recordaba a cada momento las palabras de su abuelo. Palabras sábias de un hombre de mundo, cuando le ilustraba de niño, el origen y hábitat de cada animal. Dicho sea de paso recordando algunas palabras para hacer lo mismo con Sara. Ella parecía una niña muy atenta a las palabras de Sebastián. No paraba de reírse de las imitaciones distorsionadas que Sebastián hacía cada vez que le ilustraba algún animal. Se besaban a cada momento sin impórtales las miradas de los animales aturdidos por la cantidad de niños que perturbaban su improvisado hábitat. Se perdieron por un momento del mundo, incluso visitaban al mismo animal cuatro veces y confundidos se preguntaban si era el mismo o no. Hasta que llegaron a ver al senil elefante y Sebastián no pudo contener la emoción.
-Mira Sara sigue vivo el elefante... Ahora está acompañado... Antes estaba solo, pero igual ya está muy viejo. ¡Vamos comprémosles algo para darle de comer!
Sebastián compró una bolsa de maní dulce y no haciendo caso a las palabras del vendedor que le decía, su vuelto señor, Sebastián emocionado le dio de comer al elefante con la piel arrugada como si fuera una pasa todo el maní que le había comprado.
-¿Sabes Sebastián?, pareces un niño...
-¿De verdad Sara?, jejejeje... Creo que uno nunca deja de ser niño... ¿Tú que piensas?...
-Sí, es verdad Sebas, Yo también me siento como una niña...
Terminaron de darle de comer al Elefante, y se tomaron una foto instantánea junto al gran y viejo elefante. Sebastián le regaló la foto a Sara como poniendo fin al paseo, porque ya la noche, empezaba a caer, dejando de lado muchas especies por mirar.
-¿Sara nos vamos...? Creo que ya es tarde...
Sara se dio cuenta que la noche estaba por llegar, revisó su celular, lo había tenido apagado todo el día y, con un suspiro de cansancio, le puso fin al paseo.
-Sebastián gracias, hoy ha sido uno de mis mejores días... Ha sido un día maravilloso...
Estando los dos afuera del zoológico, Sebastián, tenía muchas ganas de hacer el amor. Que el deseo que le despertaba aquella mujer era incontenible. La beso con pasión, invitándola otra vez a empezar de nuevo aquella aventura. Sara se dio cuenta que es lo que Sebastián le estaba proponiendo. Sara también lo deseaba, lo quería sentir una vez más, pero ya no en el departamento de él, sino, en el suyo. Ahora le tocaba a ella ser dueña de la situación y querer sentirse a sus anchas. Ya sentados en el coche, Sebastián le acarició sus pechos y ella toco su miembro viril. Y en ese juego de manos, Sara buscó controlarse y, sin perder más tiempo, le dijo:
-Espera Sebastián...
-¿Qué pasa Sara?
-Sebastián que te parece si vamos a mi departamento... quiero que lo conozcas.
Sebastián también a duras penas pudo controlarse.
-¿Es una invitación o una proposición...?.
-Tómalo como quieras pero esta noche quiero que sea larga para los dos...
-Como usted diga señorita...
Sebastián hizo contacto por inercia y el motor anunciaba el despegue, con una palabra de vencedor, Sebastián y Sara se alejaron de aquel lugar llamado zoológico.
En todo el camino Sebastián no pudo evitar pensar lo extraño de aquella relación tan repentina. No se pudo quitar de la mente que, Sara en ningún momento, le había preguntado si tenía novia o algo por el estilo. Cosa muy rara para Sebastián. “Todas las mujeres preguntan eso, que raro que Sara no lo hace. Mejor así, porque ya estoy arto de inventarme historias para salir de la situación”.
-En esta esquina a la derecha Sebastián... Junto a las rejas negras.-dijo Sara-
-Ya “patrona”... –dijo Sebastián-
Sara, al llegar a su casa, le notó a Sebastián un rostro de preocupación.
-¿Sara no hay problema si dejo aquí mi coche?...
-No Sebas ahora mismo llamo al vigilante para que lo cuide...
Sara regresó con el vigilante vestido completamente de marrón, le dio órdenes estrictas, que vigile el coche de su “amigo”, hasta que se vaya. Sara al terminar, caminó hacía la reja negra, abrió la misma y cuando se dirigía a entrar, se percató que Sebastián estaba conversando con el vigilante.
-Mira compadre, te voy a dar veinte soles cuando salga de aquí, pero eso sí, me cuidas el coche como si fuera tuyo... Es más, toma de adelanto diez soles... Y te vuelvo a repetir cuídalo como si fuera tuyo...
-Está bien joven despreocúpese que seré la misma sombra de su coche...
-Eso espero compadre....
Sebastián le entregó los diez soles al vigilante, caminó más tranquilo al encuentro de Sara, que lo estaba esperando muy intrigada.
-¿De qué hablabas con el vigilante?... –Le preguntó Sara a Sebastián-
-Ah, le decía que estás bien buena... Y él me dio la razón jejejeje...
-Gracioso…
Subieron hasta el segundo piso. Sara se percató que le habían dejado papeles debajo de la puerta y con una mueca de displicencia abrió la misma. Sara invitó a pasar a Sebastián olvidándose de los papeles que tenía en la mano y, Sebastián entró, pero no pudo evitar su curiosidad por aquellos papeles y le preguntó:
-¿Qué son esos papeles Sara?...
-Ah, recibos de luz, de agua común para todo el edificio... Y algunas invitaciones para ir a las discotecas...
-Ah verdad que eres una chica de moda jejejeje
-Búrlate, búrlate, Sebastián... Ya te quiero dejar con la boca abierta cuando me veas modelar un traje de lencería...
-Sí, puede ser ah, ¿no tienes guardado uno por ahí...?
-Sí, tengo varios.
-A ver póntelos... Quisiera que hoy modeles para mí... No hace falta esperar que vaya a esos lugares de moda...
Sara se acercó lentamente hacía él, le besó sin contenerse, Sebastián le empezó a tocar los glúteos con las dos manos y, ella, le dejó de besar.
-Eres un atrevido... Pero me gustas así... Ponte cómodo y prepárate porque te haré el mejor desfile particular que jamás hayas visto...
-Y así dices que soy un atrevido jejejeje... Bueno te espero entonces...
Sara se fue a su cuarto, abrió su closet y una gran duda se apoderó de ella. “¿Cuál de sus prendas de lencería le gustaría a Sebastián?”. Y en esa búsqueda dudosa, recordó aquella prende que desfiló en ese hotel tan lujoso llamado Montreal, que a muchos dejó con la boca abierta. “Este es el traje que le va a gustar a Sebastián, me puedo comer el mundo entero si no le gusta. Hay que empezar por lo primero y lo primero es que a mí me gusta”.
Sebastián se puso cómodo, buscó el mejor ángulo y se sentó muy impaciente. No sin antes mirar las fotos que había sobre el mostrador. Una foto de una pequeña, una adolescente y una con un montón de personas. “Vaya familia tan numerosa y que linda pequeña, seguro es ella. A mí también me está entrando una duda, no le he preguntado si tiene novio o hijo alguno. Sebastián que te está pasando si lo más normal en estos casos es que no te debe interesar”.
-¡Tan, tan!... ¡Sebastián!... ¡Estoy aquí!...
Sebastián, miró hacía el fondo del hall que unían los cuartos del departamento y escuchó que Sara lo estaba llamando pero a la vez escondiéndose.
-¿Sara a qué estás jugando?...
-Sebastián quédate ahí, ni te acerques a mi cuarto...
-Me estás poniendo nervioso Sara... Si no te apuras no se que va a pasar.
-... Hombres, hombres... Siempre se desesperan...
En ese mismo instante Sara apareció con un traje rojo de lencería muy ceñido a sus atributos, con el cabello suelto y mirada desafiante. Comenzó a desfilar llegando hasta la sala, justo al mueble donde estaba sentado Sebastián. Se acercó a él y, sin mirarlo, volteó y de nuevo regresó por donde salió. Haciendo del vaivén una fantasía. Sebastián se quedó perplejo, estupefacto con todo el cuerpo casi desnudo de Sara y, sobre todo, con el hilo dental que separaban los bellos glúteos de Sara. Por primera vez Sebastián se pudo dar cuenta que las mujeres no son un objeto sexual o algo que se le parezca; hay algo más allá que todavía él no conocía y que el meollo de hacer el amor no radicaba en la penetración, sino en todo el concepto que fuera. Sara, se escondió de nuevo y después de unos minutos volvió a salir con otro traje de lencería. Pero ahora negro y más ceñido a sus demoledores atributos. Hizo lo mismo, con los mismos movimientos, con la mirada despectiva se acercó a Sebastián, no le miraba, volteándose lentamente, regresó al mismo lugar de origen. Sebastián, se dio cuenta que su parte íntima se endurecía, se lo empezó a acomodar a cada rato sin saber qué hacer. Por primera vez una mujer lo tenía así, sin poder hacer nada y, sobre todo, con la boca abierta. Y todo explotó cuando se dio cuenta que Sara empezaba nuevamente a salir de su cuarto, con unos lentes negros y completamente desnuda. Sin ningún traje de lencería. Ahora Sara sí le miraba a Sebastián, se acerco a él, se detuvo mirándolo, le dejó de mirar y empezó otra vez a regresar por el mismo lugar; pero Sebastián, no se pudo controlar, se puso de pie y de un brinco, le agarró por detrás y la detuvo y sin aliento le dijo:
-¿Alguna vez te han dicho que eres espectacular?... –Preguntó Sebastián-
Sara, le respondió ya sintiéndose presa de pasión.
-Mmmm algunas veces; pero sin importancia... Pero, no como ahora...
Sebastián la volteó a Sara, se miraron frente a frente, le dio un beso de locura, y se la llevó cargada al cuarto.
Ya en el cuarto, al borde de la cama, Sara le empezó a quitar la ropa sin impórtale cerrar la ventana de su cuarto que daba a la calle. Sebastián se dejó quitar la ropa tocándole todo lo que podía tocar en ese momento. Cuando Sara le sacó el pantalón, Sebastián automáticamente buscó su billetera y sacó un preservativo maltratado por la misma. Sara se dio cuenta y se lo quitó al instante.
-¿Hace cuánto tiempo te has hecho la prueba del Sida...?. –Le preguntó Sara-
Sebastián con una risa de admiración le respondió:
-Un par de veces al año... ¿Y tú Sara?...
-También, igual... pero hoy Sebastián, te quiero sentir sin ese maldito globo...
-Como tú quieras muñeca, ya que veo que de alguna manera somos responsables... ¿Y contra el embarazo que usas?...
-Tomo pastillas, por eso no te preocupes...
Sebastián, miró el cuerpo desnudo de Sara y empezó hacerle el sexo oral, totalmente enloquecido y muy apasionado. Sara, presa, vulnerada se dejó vencer, llevando al compás sus gemidos. Con deseo le pedía a Sebastián que siga con el ritual que le estaba haciendo gozar. Sebastián, terminó de darle los besos con sal para que ella haga lo mismo. Sara lo abrazó, lo voltio y desde su frente empezó a bajar lentamente. Ya Sara le hacía el sexo oral sin medidas, ni tabúes. Sara se olvidó de la gravedad, sabía bien lo que estaba haciendo. Sebastián nunca pensó en algo razonable, su mente, estaba en blanco.
-Póntelo tu misma... –dijo Sebastián-
Sara capturó al protagonista principal de la escena con sus manos y ella misma se llegó a colocar bordeando los labios hasta llegar a la gloria. Moviéndose lentamente se percató del sonido del teléfono y no le dio importancia. Con varios minutos de goce y placer, ella sintió que estaba a punto de terminar. En eso Sebastián la volteó, se cogió de una pierna de ella y empezó a cabalgar muy lentamente mirándola enmudecido. Sara terminó primero, satisfecha esperando que Sebastián hiciera lo propio. Sara observó que a Sebastián le empezaba a nacer una gota de sudor por su frente y con su mano delicada se la limpió. Sebastián ya estaba convertido en un autista a punto de acabar... Gritó como un superhéroe, no se movía, porque ya había terminado. Cayó rendido, refugiándose en los pechos de Sara. Los dos estaban exhaustos, abrazados y, completamente desnudos, en una cama grande y completamente desordena.
Ya echados separados por el calor mirando el techo rozado del cuarto. Se dieron cuenta que cada uno quería decir algo; pero el silencio se apoderó de ellos dejándolos completamente mudos. Sara se levantó, se dirigió al living en busca de su cartera y al abrirla sacó un cigarrillo de marihuana. Regresó al cuarto con el cigarrillo prendido sentándose en la cama junto al cuerpo desnudo de Sebastián.
Sebastián se percató del olor de la marihuana y muy placentero se empezó a reír observándola fumar.
-Así que fumas marihuana... Está muy de moda ¿no?... Me da gusto Sara que seas sincera conmigo, me sorprende la libertad y naturalidad con que haces las cosas.
-¿Quieres un poco Sebastián?... la marihuana me relaja y fumo desde que entré a juntarme con toda la gentita de modas.
Sebastián, ya estaba con el cigarrillo de marihuana en su mano. Empezó a fumar, tosiendo constantemente sin dejar de mirar a la bella Sara, que estaba bailando lentamente dejándose llevar por los efectos del estupefaciente. Sebastián reía, contagiándose de la risa de Sara.... Los dos bailaban lentamente al compás de una música imaginaria. No paraban de reírse, de conectarse hasta salir de la realidad. Empezaban a contarse las cosas y travesuras de sus vidas, olvidándose del tiempo, claro que sí, del tiempo, porque tanto Sebastián como Sara llegaron a estar en otra dimensión. Una dimensión sin complejos ni ataduras haciendo de los besos el paraíso perdido... Ahora sí, llegaron a encontrarlo. Cada uno con su celular en la mano alucinaban hablar con su espíritu. Burlándose de la muerte y dejándose llevar por el humo de la marihuana. Aprovecharon en hacer el amor otra vez. Hicieron el amor no se cuantas veces pero en otro tiempo. Comiéndose a besos, devorándose sin dientes y quemándose con el fuego que emanaban sus placenteros cuerpos. Intercambiaron números de teléfono, direcciones y fechas de cumpleaños. Terminando muy exhaustos en la cama, con el único sonido, el de un reloj de pared...
Al día siguiente ya de día y con un sol de invierno. Sara despertó sin ver a Sebastián. Lo empezó a buscar por el baño, por la sala y tampoco lo hallaba. Se puso un buzo deportivo y un polo que encontró por ahí y salió de su departamento para preguntarle al vigilante. Este le dijo que el joven salió hace ya más de dos horas dejándole una nota en el mostrador de su sala. Es lo único que dijo el vigilante, que muy contento le informaba a Sara lo ocurrido. Ya que él, en su bolsillo de su pantalón marrón llevaba los veinte soles que se había ganado por cuidar el coche de Sebastián.
Sara subió las escaleras del edifico corriendo y abrió su puerta dejándola abierta. Y con una mirada fija se dio cuenta que efectivamente había una nota sobre el mostrador, junto a la foto de aquella niña que era ella. Sara levantó el papel y lo leyó:
Sara:
Nunca he conocido una mujer tan maravillosa como tú. ¿Pero te pido un gran favor?... No me llames, ni me busques, espera que yo lo haga...
Sebastián.
Sara terminó de leer la nota, caminó lentamente hacía su puerta y la cerró. En el mueble ubicó su cartera y sacó la foto instantánea que le tomaron en el parque del zoológico. Se admiró mucho de la belleza de aquella foto donde estaba junto a Sebastián y al gran elefante. Hizo de su mirada un vació desafiante, ahogó unas palabras en su boca y, después, pensó en voz alta:
(Esta canción describe lo que es Sebastián con las mujeres, claro está, antes de conocer a Sara. Sinónimo de Sebastian: un hombre de Hielo. Rata Blanca y sus atinadas canciones)

II
Sebastián, no se despertó para ir a la universidad. Él sabía muy bien que tenía que dar una práctica muy importante; pero, también sabía que, no había estudiado casi nada, por la fuerte y desafiante borrachera que se metió ayer. En la conciencia que algo tenía que hacer, Sebastián abrió los ojos y de un brinco como recordando algo se despertó. “Putamadre que tal bomba, mierda... Puta, la práctica... ¿Mi billetera?, ¿dónde está?”, Sebastián, se dio cuenta que no estaba solo en su cama. “¿Puta madre, y esta huevona?... ¿cómo se llama?... a ver, Sebastián... no, no recuerdo, no, ni hablar, si empiezo a adivinar llegaré más tarde que nunca a la universidad” Sebastián, sin importarle nada, empezó a despertar a la chica que estaba sobre su cama. Ella dormía llena de paz. “Hey levántate, se acabó la fiesta... Hey “amiga” despierta”. Le quitó la sabana y se dio cuenta que estaba completamente desnuda... “Puta que rica que está”. Un pensamiento salió a flote de la cabeza destruida de Sebastián en medio de su larga resaca:
“Cuando uno está borracho en la cama con una mujer, no se da cuenta de nada, ni siquiera que está desnuda”.
En ese instante, ella también de un brinco, se despertó.
-Hola... ¿Qué hora es Sebas?
-Exactamente las once y cuarenta de la mañana, me vas a disculpar pero tengo una práctica que dar en la universidad, así que otro día hablamos.
-Pero Sebas, me prometiste que hoy viernes me ibas a llevar a pasear por todo Lima...
-Sí, claro que me acuerdo, pero me olvidé que tenía una práctica pendiente en la universidad.
Sebastián, no se acordaba de nada, ni de promesas ni de juramentos y ni siquiera del nombre de aquella mujer que había dormido en su cama.
-Bueno me voy a bañar, vístete que yo te llevo a tu casa ¿está bien?, y por la tarde te doy una llamada...
-¿De verdad Sebas...?
-Sí loquita, te llamo, pero de verdad estoy apurado.
Sebastián que también estaba desnudo, rápidamente entró a la ducha, abrió la misma y se empezó a reír. “Jejejeje la cagada, quién será ésta comadre, que mierda le habré prometido, ni su nombre me acuerdo; pero eso sí, está bien buena la condenada. Maldita práctica, es muy importante, si no voy o no me presento la cago”. Sebastián se percató que no se había sacado el preservativo que le estaba colgando en su parte intima. “Mierda, puta madre, que responsable soy... Jejejeje, bueno, al menos soy responsable en algo”.
En ese mismo momento Sebastián cerró la llave de la ducha porque se dio cuenta que la mujer con quien había pasado toda la noche estaba entrando al baño donde él estaba bañándose. La mujer abrió el caño y se enjuagó la boca, luego se sentó en el “trono del placer” y con un ruido exagerado empezó a miccionar. Al Terminar y totalmente desnuda entró a la ducha donde estaba Sebastián.
-Qué tal Sebastián, creíste que muy fácil te ibas a librar de mí...
Sebastián con una sonrisa de coquetería salió de la ducha diciéndole:
-Espérame un toque...
Y se dirigió al botiquín del baño para sacar de emergencia otro preservativo.
-Ahora si muñeca... ¿Me decías...?
Ella le quitó el preservativo y le dijo:
-Yo te lo pongo... Me gusta hacerlo.
-Bueno, si así lo quieres...
Ella empezó acariciar su miembro viril hasta ponérselo duro. Se llevó el preservativo a la boca y se lo puso con la misma. Haciéndole el sexo oral con destreza y cuidado. Sebastián ya estaba recordando un poco el origen de aquella aventura que le estaba haciendo disfrutar de placer.
-¿Cómo te llamas? -dijo Sebastián-
Ella, tomó la pregunta como un juego de seducción, en cambio Sebastián sabía que ese era el momento preciso para preguntarle su nombre.
-Me llamo, Sara...
-Bien Sara... entonces volvamos a recordar lo que hicimos ayer...
Sebastián, no perdió más tiempo y empezó a voltear a la mujer que había estado con él toda la noche que no recordaba. Abrió la llave de la ducha nuevamente como volviendo a reiniciar todo lo que no se acordaba producto de su larga borrachera. El agua tibia empezaba a caer en sus cabezas como una pequeña catarata. Sara no podía besar a Sebastián, estaba de espalda hacia él; pero se llenaba de placer a la media que Sebastián vulneraba su dorsal. Sebastián ya estaba adentro de Sara y le empezó hacer el amor lentamente, sin apuros. Sara sólo miraba las manos de Sebastián que le acariciaban sus delicados senos sin importarle que fueran pequeños, tan pequeños e iguales a las modelos de raza caucásica. Llegaron a sentirse vivos otra vez, inyectándose dosis de placer incontrolado, haciendo del vapor, una atmósfera de deseo y lujuria...
Después de una prolongada escena de amor en el baño, con los dedos de los pies arrugados por el agua tibia. Sebastián calculó que a esta hora, su práctica en la universidad, ya había terminado. “A la mierda con mi práctica, total ya estaba cagado en ese curso... Pero ahora estoy viviendo el presente con esta mujer que me cayó del cielo y esta es una de las mejores prácticas de mi vida. Bueno, pasaré toda la mañana con ella... Así que Sara ¿no?”.
-¿Y ahora qué hacemos Sara?, vamos a desayunar, a pasear o seguimos haciendo el amor...
-Quiero conocer Lima, Sebas...
-Ah, verdad que yo te prometí eso... Ahora que estoy más lúcido, bueno, todavía con un poco de resaca, me vas a contar cómo es que estamos aquí en mi departamento haciendo el amor como perros callejeros.
-¿Qué no te acuerdas nada Sebas...?
-Sí, algo me acuerdo, pero... Quiero recordar cómo te conocí, que te dije, en que fiesta... en fin, No sé. Y de paso me cuentas de tu vida... Lo único que sé de ti es que te llamas Sara.
-Chévere Sebastián, pero, qué te parece primero si comemos algo... Tengo hambre.
-Sí, sí... Vamos acá cerca hay un restaurante muy bueno, donde preparan unos desayunos de primera. No son como esos restaurantes pitucos de este edificio que preparan una porquería de comida.
En esas bromas de complicidad, mirándose mutuamente y a la vez vistiéndose frente a frente. Sebastián, sintió una sana curiosidad por Sara. Una curiosidad de esas donde siempre llegas a una conclusión. Que la bella Sara no era como las demás chicas de Lima, esas que no saben donde están paradas, exactamente todas las chicas con que Sebastián solía acostarse. Algo curioso para él. Pensaba que, por decirle que acá en todo el corazón de Miraflores quedaba un restaurante donde preparaban unos desayunos de primera, ella lo iba a mandar a rodar. Como hacían todas las chicas limeñas, con el cual él se había acostaba. Pues una persona de su clase de buen dinero, acomodado, con el coche de moda y con una buena cuenta en el banco a su disposición, cómo era posible que coma en un restaurante de “mala muerte”.
Sebastián encontró su billetera de bajo de la cama, se dio cuenta que todo el efectivo que había llevado la noche anterior se había reducido solamente a cien soles. “Vaya que gasté, qué importa, por ahí creo que tengo algo guardado y, si no alcanza, sacaré dinero del cajero o del banco. Para eso se hizo el dinero, para gastarlo y, mejor aún, si no es tuyo jejejeje”.
-¿De qué te ríes Sebas?...
-De nada Sara... Bueno, ¿ya estás lista?...
-Sí.
-Entonces, nos vamos...
Sebastián cerró la puerta de su departamento sin asegurarla, sabía muy bien que el edificio estaba bien vigilado. Entró en el ascensor junto con Sara y, ahora ella, se empezaba a reír.
-¿Ahora tú, de qué te ríes?... –Preguntó Sebastián-
-Jajajaja, nada Sebas... Me estoy acordando que casi lo hacemos aquí.
-¿De verdad?, No te creo, Sara...
-Sí, pero yo te tuve que aguantarte, pues estábamos haciendo mucho ruido, tú no te dabas cuenta, llevabas una borrachera del demonio...
-Qué loco soy... Y dime, ¿nadie se dio cuenta?... ¿no salió nadie?...
-No, felizmente, ¿pero sabes?
-¿Qué?...
-Sí hicimos mucha bulla...
Sebastián, no sabía si era la primera vez que quería hacer el amor en un ascensor estando en un estado etílico exagerado. Nadie de sus aventuras le habría dicho eso, seguramente no le dijeron nada, por el simple hecho que no tenía importancia. Sebastián notó que para Sara sí tenía importancia, otra situación más que encontraba irónica. “Vamos a ver qué más sorpresas tengo, por ahora, estoy tratando de recordar sin saber qué hacer”. Se decía a sí mismo Sebastián saliendo del edificio.
-¿Sara, adónde vas...? jejejeje, se te olvida que tengo coche, yo sé que te dije que el restaurante quedaba cerca; pero también se te olvidó que te iba a llevar a conocer Lima.
-Claro que me acuerdo de tu coche, pero después del susto que me diste a noche, casi nos chocamos con los postes de luz... Ibas muy rápido.
-Yo manejo así, me gusta la velocidad, el peligro, la aventura y cuando estoy borracho siento la muerte cerca... Jejejeje...
-Algún día te vas a matar... Y esa risa se convertirá en llanto cuando seas espíritu.
-No, es una broma, a veces me excedo un poco; pero descuida, yo manejo como cualquier terrestre en su sano juicio.
Sara ya se había sentado en el coche de Sebastián, un BMW, serie cinco, de color rojo con lunas polarizadas. Sara no podía evitar cuestionarse, se ponía a pensar, por qué diablos no se iba a su departamento que quedaba en el distrito de Lince. Cómo su vida había dado un giro de ciento ochenta grados en tan sólo una noche. Cuál era el motivo de estar con éste hombre sin conocerlo, sin saber nada de su vida y, sobre todo, cómo llegó a costarse con él.
Llegaron al restaurante y las miradas de la gente no se hicieron de esperar. Entraron y con un saludo de cortesía Sebastián le estrechó la mano al dueño del restaurante:
-¡Hola Pedrito, qué tal!...
-¡Hola Sebas!, tú como siempre bien acompañado...
-Se hace lo que se puede... Jejejeje. Te presento a Sara.
-Hola Sara bienvenida, toma asiento...
-Gracias... –dijo Sara-
-¿Y en qué les puedo servir?... –Preguntó Pedro-
- Ay Pedrito no vas a pensar que estamos aquí para que nos cuentes chistes.
-Sí verdad, que tonto soy...
-Bueno Pedrito a mí me traes una hamburguesa con queso y papas gruesas. Bastante mayonesa y tártara. Como tú lo sabes preparar.
-Claro pues Sebas... ¿Y para la señorita?...
-No sé, ¿Sara qué quieres...?. Pide con confianza, no hay problema.
-Bueno para mí, un cuarto de pollo con bastante ensalada...
-Listo Pedrito ya escuchaste...
-¿Y para tomar?...
-Lo de siempre una Inca Kola...No hay otra. ¿Tú que quieres para tomar Sara...?
-Solamente agua, por favor...
-Quieres mantener la dieta, jejejeje...
-Sí Sebas, quiero mantener la dieta.
Sebastián, le miró sin que ella se de cuenta y la encontró más bella que nunca, con su cabello suelto y sus labios carnosos.
-Sara eres muy linda...
-Gracias Sebastián, gracias por el cumplido...
-No de verdad Sara, eres muy bella, que te puedo decir, estoy idiotizado con tu belleza. Pero ahora cuéntame cómo llegamos a conocernos... Lo único que me acuerdo es que estaba en casa de mi amigo Lucho, por el motivo de su cumple, y bueno, creo que yo llegué bastante avanzado ¿no?.
Sara, prendió un cigarrillo sin que él se de cuenta y empezó a contarle:
-Yo soy muy amiga de Lucho, él me contrata para sus desfile de modas, y en ese faranduleo nos hicimos muy amigos.
-Claro Lucho, el multifacético Lucho Otcane... Somos amigos desde el colegio... Ahora él es un maestro de modas y toda esa gama de aventuras estéticas...
-Sí, me imagino, estuviste parte de la noche hablando mucho con él...
-Seguro, siempre hay un buen tema para conversar con Luchito. ¿Sabes...? este es un secreto que te voy a contar, pero no se lo vayas a decir a nadie y mucho menos a Lucho, ¿ya?.
-Sebas, ¿qué me estás queriendo decir?... Que soy una chismosa...
-No, para nada, sólo te advierto sanamente. Bueno, a lo que te iba a contar:
Yo pensaba que Lucho era maricón, cuando estábamos en el colegio, era un chico tranquilo y nunca participaba en las perradas que hacíamos esa clásica manchita rebelde del colegio con nuestras lindas compañeras de clase... Lucho siempre se mantuvo al margen. Un día me acuerdo cuando ya estaba finalizando nuestro último año de cole, le pusimos una flaca para que debutara en mi casa, justamente en mi cuarto. Pero él no hizo nada y lo más gracioso de toda esta historia es que al salir él de mi cuarto, nos dio una excusa fatal, que quedó y quedará para toda la vida. Cada vez que nos ponemos a chupar con la gente de la promo le tocamos el tema y nos cagamos de risa. Resulta que, cuando le preguntamos que había pasado con la chica, nos dijo tartamudeando, nada, que a él solamente se le paraba en su casa, mas no, en otro sitio jejejejeje.
-Ja jaaaaa ¿qué, de verdad Sebas?... Qué buena...
-Y hace dos años que de nuevo lo estoy frecuentando, cuando me enteré que está en todo eso del espectáculo y la moda, me dije a mí mismo, éste se volvió maricón. Pero nada que ver, tú has manyado como habla, medio amanerado ¿no?... pero esa es su táctica, no sabes las mujeres que se lleva a la cama. Así que Sara ten mucho cuidado jejejeje.
Sara hacía una mueca de risa con el cigarrillo en la boca, botaba el humo como recordando algo:
-Sí, me han dicho que es un mujeriego de primera... Además, yo también pensaba que era gay, pero un día en pleno evento cuando el vestido no me quedaba, él me trajo otro y me lo puso, quitándome el que tenía puesto, ganándose con todo mi cuerpo desnudo y de paso me metió una punteada que sentí toda su parte dura.
-Anda, qué, sí, jejejejeje ese Luchito todas se las sabe... Pero, es un buen amigo y me da gusto que el solo, desde que murió su padre, ha salido adelante. Bien por él... Así que eres modelo Sara, cómo no vas a ser modelo mujer, si tienes un cuerpo de impacto junto a tu belleza, ni hablar, eres una lady.
-Sí lo soy, modestia a parte jajajaja, pero yo no me moría por ser modelo, yo soy de Trujillo, me vine a Lima ya hace dos años a estudiar turismo; pero lamentablemente sólo hay turismo en universidades privadas que cuestan mucha plata. Y tuve que trabajar para mantenerme en esta ciudad donde sí te cuestan las cosas si quieres vivir bien. Mis padres son muy buenos y ellos me pagan el alquiler del departamento en Lince... Pero están molestos conmigo por mi trabajo, son muy a la antigua. Pero, ¿qué voy a hacer ya?, también siento que ahora el modelar es parte de mi vida...
-Mira tú, no eres de Lima, con razón se te escapa un dejo medio raro, muy gracioso...
-Tampoco te burles Sebas...
-No para nada, ¿Y qué edad tienes...?
-Veintidós años...
-Una edad excelente para vivir muchas cosas.
-¿Y tú, Sebas...?
-Yo veinticinco...
-No tontito, tú que me cuentas de tu vida... Por lo que veo tienes plata y vives solo.
-Soy un privilegiado del cielo...Jejejeje.... No mentira. Bueno, algo de verdad hay.
En ese mismo momento apareció Pedrito con los pedidos, muy suculentos y olorosos.
-Para ti Sebas... Tal como te gusta y para la señorita su pollo con bastante ensalada. Tu Inca Kola y para ella su agua mineral.
-Gracias Pedrito te pasaste...
-Gracias, como en casa... –Le dijo Sara a Pedro-
Pedrito con una sonrisa de frescura se retiró.
-No te dije, acá cocinan como los dioses.
-Sí, ya veo.
-Y eso que todavía no has probado nada...
-Ya Sebas no me cambies el tema, me estabas contando de tu vida.
-De verdad ¿no?, en eso estábamos… Bueno, soy hijo único, estudio Administración de Empresas en la universidad más cara de Lima, mis padres me pagan la carrera. A ellos, a veces los veo; porque constantemente viajan a los Estados Unidos, como tienen la visa de residencia. Por ahí se van a pasar las navidades o a florar cualquier rutina estúpida. Ellos viven en el distrito de la Molina, bueno mi ex casa, ahí tienen cancha de fútbol, piscina, cancha de tenis, en fin… la casa es tan grande como una universidad estatal. Y lo más irónico de todo esto, es que viven los dos nada más, con un culo de sirvientes; y claro, mi abuelo mi querido abuelo por parte de padre. Yo vivo solo desde los dieciocho años, nunca me voy olvidar que justo el día de mi cumpleaños mi padre me dio una caja vacía envuelta de papel de regalo y adentro de ella había dos llaves. Una llave era de un departamento y la otra de un coche.
Bueno, el departamento ya lo conoces y, el coche, bueno, éste es nuevo, el otro se lo vendí a un amigo muy querido. Apenas tuve la llave de mi departamento me fui de mi casa junto con mi coche.
Sara muy atenta seguía escuchando a Sebastián sin darse cuenta que su cigarrillo se le había espirado en su mano.
-Me falta un año para terminar la carrera, pero al paso que voy, ponle dos años. Lo mío es la música, tengo una banda de rock y tocamos en las concurridas discotecas de moda. Yo canto y soy segunda guitarra en el grupo...
-Con razón tienes colgadas en la pared de tu sala cuatro guitarras muy bonitas... ¿Y cómo se llama tu grupo...?
-Se llama “Los Debutantes”...
-Que original nombre... jajajajaja...
-No te rías pues Sara... Le pusimos así por un ex integrante, que se jactaba que era un cacherito de primera... Y al final descubrimos que no había estado con ninguna mujer.
Sara no aguantaba la risa y no podía probar bocado alguno pues no paraba de reírse.
-Ay Sebas, tú sí que tienes buen sentido del humor...
-Sí, se nota ¿no?, pero me vas a disculpar, porque ahora voy a tragar como un cerdo, perdóname... Me muero de hambre. Y tú haz lo mismo, que veo que no has comido nada por estar riéndote.
Sara empezó a probar lo que había pedido, sin dejar de mirar a su comensal, se quedó pensando cómo Sebastián prácticamente le había resumió toda su vida. Lo sentía muy sincero y honesto. “No hay como un hombre simple. A pesar que es un privilegiado, pues nunca le ha faltado nada y se nota que tiene una vida asegurada, está aquí conmigo en un restaurante sin hacer alarde de lo que tiene, ni de lujos o algo por el estilo. Hombres así son los que me llaman la atención. Es por eso que, a simple vista, cuando entró en el cumpleaños de Lucho, con su camisa azul y ese Jean negro, ese mismo, que ahora lleva puesto, el impacto fue instantáneo”. Sara encontró las respuestas a las interrogantes que su conciencia le estaba pidiendo a cada rato. Sara hizo lo que su cuerpo y hormonas le pedían. No tenía por qué sentirse avergonzada de nada; a demás ella no tenía tabúes ni era presa de esos convencionalismos apretados y dañinos de una sociedad prejuiciosa y, sobre todo, machista. Ella vivía intensamente con inteligencia y sabía que arrepentirse era perder el tiempo. “Estoy feliz aquí junto con Sebas y ese presente es lo único que me importa, lo que pase mañana o lo que pasó ayer, eso ya no tiene nada que ver conmigo”. Sara, no dejó de mirar a Sebastián que de inmediato volvió a hacerle otra pregunta:
-¿Y tu padre a qué se dedica Sebastián...?.
-Bueno mi padre es dueño de varias empresas y accionistas de otras... Hay que recocer que él es el único que ha llevando el apellido García por los cielos. Ya que mis tres tíos son exitosos pero no tanto como él. Y todo se debe a mi abuelo. Mi abuelo le dejó el legado a mi padre por ser el más capaz para los negocios. Mi abuelo es el único que está vivo, los otros tres están muertos por la ley de la vida.
-Así que Sebastián a la larga tendrás que hacerte cargo de todo...
-Eso es lo que mi padre quiere, sobre todo, mi madre... Pero como te repito yo no nací para los negocios, ni para vestirme de terno y corbata. Yo soy músico y eso es lo que me gusta hacer. Y si estoy estudiando Administración, es para darles gusto a mis padres y más aún a mi abuelo. Me acuerdo cuando era chico y mis padres paraban constantemente viajando a los Estados Unidos, cómo me divertía contándole mis travesuras a mi abuelo y, él como reía, mi abuelo era muy cómplice de mis locuras. Prácticamente él es mi guía y, a la vez, mi segundo padre. Cuando me fui a vivir solo, una de las penas más grandes que tuve al dejar mi casa, fue separarme de mi abuelo. Cuando acabe mi carrera al primero que le voy a entregar mi cartón es a mi abuelo, espero que la vida me de esa oportunidad.
-Pero Sebastián, ¿cuando tu padre no pueda con los negocios qué pasara...?
-Bueno, para eso falta mucho, además el viejo está fuerte todavía, fuerte y sano...
Sebastián, acabó muy satisfecho su hamburguesa, y Sara su cuarto de pollo. Sebastián con un gesto de amabilidad llamó a Pedrito para pagarle la cuenta. Pedro al acercarse y recibir el dinero se dio cuenta que su amigo Sebastián le había dejado diez soles de más. Con una mirada de discreción y sin que Sara se dé cuenta, Sebastián le guiñó el ojo a Pedrito como diciéndole que esto quedaba entre nosotros. Pedrito muy agradecido hizo la misma operación y se dejó vencer por la alegría.
Sebastián y Sara salieron del restaurante dirigiéndose al coche rojo, se detuvieron sin poder aguantarse y se besaron con furia. Poniendo en evidencia que todavía quedaba mucho por hacer. Sebastián le dejó de besar a Sara y le preguntó:
-¿Qué lugar de Lima quieres conocer...?
Sara lo miró fijamente y, después de otro beso prolongado, le contestó:
-Sebastián pensarás que soy una ridícula y una anticuada; pero voy a ser muy sincera. ¿No te vayas a reír con el lugar que te voy a decir, ah?...
-No te preocupes, prometo no reírme.
-Me gustaría conocer el zoológico de Lima...
-Jejejeje...
-¡Me prometiste que no te ibas a reír...!
-Jejejeje... Te juro Sara que en mi mente no estaba ese lugar... Yo pensaba que me ibas a decir otro lugar. Hay que reconocer que eres muy original... Y eso me gusta de una mujer.
-No me lo digas, soy una ridícula...
-Mmmm... Claro que vamos a ir al zoológico, a ver a los monos, tigres, leones etc... Creo que desde los seis años junto con mi abuelo no voy a ese lugar. Espero que siga vivo el elefante que de niño recuerdo que le daba de comer.
Se besaron de nuevo, pero ya no con furia, sino con ternura. Sebastián no pudo disimular, confundiendo las cosas. Entraron al coche y otra vez se besaron. Sebastián hizo contacto para ir al zoológico y se dio cuenta que hace tiempo no actuaba así con una mujer.
Llegaron al zoológico sin ninguna prisa. Sebastián estacionó su coche en un sitio muy seguro. Al llegar a la puerta de entrada, después de una cola regular, Sebastián cumplió con el deber de proteger el parque pagando las dos entradas y Sara le agarraba la mano sin importarle que hasta ese momento no hubiera nada comprometedor, nada personal. Estando los dos ya en el parque, Sebastián se dio cuenta que todo había cambiado, que ese parque rústico y a la vez vetusto ya no existía. Lo encontraba mejorado y moderno. Con la mirada desorientada, Sebastián se dirigió de nuevo a la puerta y pidió un croquis de guía, sin consultarle a Sara.
Ella estaba presa de la emoción, se sintió maravillada por estar ahí. Como si volviera a ser niña otra vez. Con su carita de velocidad observaba feliz aquel lugar haciendo de su mirada unos binoculares para no perderse. Se percató que Sebastián regresaba con un papel en la mano mirando hacia el fondo del parque moviendo la cabeza constantemente. Sara, volvió a sujetarse de la mano de Sebastián y, esperó sin ningún apuro, que él tomase de nuevo la palabra.
-Aquí dice que hay que ir por la Costa, después por la Sierra y terminando por la Selva. Lo curioso es que cuando era niño y, venía con mi abuelo a este lugar, podías divisar muy rápido las regiones. Ahora veo que tienes que pasar por varios lugares. ¿Cómo ha cambiado esto?... ha cambiado para bien y para mal. Para bien porque ahora encuentras todo moderno y se ve bonito. Para mal porque le han quitado al parque ese toque rústico aventurero que te hacía alucinar que estabas en una selva de verdad... Bueno Sara, ya estamos aquí y veremos lo que pasa...
Sebastián cuando terminó de hablar miró a Sara y se dio cuenta que lo último que le importaba a ella era un croquis de guía.
-Sebastián nos va a caer la noche y no vamos ni siquiera a conocer a las aves...
-Perdóname Sara pero estoy un poco desorientado, pero sí, tienes razón, vamos por el lugar que se presente mejor. Porque eso de mirar las flechas y el nombre de los animales no me cuadra mucho.
Sebastián hizo una pelota de papel con el croquis de guía y con una patada lo echó al bote de basura.
Pasaron toda la tarde conociendo todos los diversos animales tanto de la Costa, Sierra y Selva. Demostrándose a sí mismos que las cosas más simples son las más bellas. Y haciendo del presente un verdadero refugio. Sebastián recordaba a cada momento las palabras de su abuelo. Palabras sábias de un hombre de mundo, cuando le ilustraba de niño, el origen y hábitat de cada animal. Dicho sea de paso recordando algunas palabras para hacer lo mismo con Sara. Ella parecía una niña muy atenta a las palabras de Sebastián. No paraba de reírse de las imitaciones distorsionadas que Sebastián hacía cada vez que le ilustraba algún animal. Se besaban a cada momento sin impórtales las miradas de los animales aturdidos por la cantidad de niños que perturbaban su improvisado hábitat. Se perdieron por un momento del mundo, incluso visitaban al mismo animal cuatro veces y confundidos se preguntaban si era el mismo o no. Hasta que llegaron a ver al senil elefante y Sebastián no pudo contener la emoción.
-Mira Sara sigue vivo el elefante... Ahora está acompañado... Antes estaba solo, pero igual ya está muy viejo. ¡Vamos comprémosles algo para darle de comer!
Sebastián compró una bolsa de maní dulce y no haciendo caso a las palabras del vendedor que le decía, su vuelto señor, Sebastián emocionado le dio de comer al elefante con la piel arrugada como si fuera una pasa todo el maní que le había comprado.
-¿Sabes Sebastián?, pareces un niño...
-¿De verdad Sara?, jejejeje... Creo que uno nunca deja de ser niño... ¿Tú que piensas?...
-Sí, es verdad Sebas, Yo también me siento como una niña...
Terminaron de darle de comer al Elefante, y se tomaron una foto instantánea junto al gran y viejo elefante. Sebastián le regaló la foto a Sara como poniendo fin al paseo, porque ya la noche, empezaba a caer, dejando de lado muchas especies por mirar.
-¿Sara nos vamos...? Creo que ya es tarde...
Sara se dio cuenta que la noche estaba por llegar, revisó su celular, lo había tenido apagado todo el día y, con un suspiro de cansancio, le puso fin al paseo.
-Sebastián gracias, hoy ha sido uno de mis mejores días... Ha sido un día maravilloso...
Estando los dos afuera del zoológico, Sebastián, tenía muchas ganas de hacer el amor. Que el deseo que le despertaba aquella mujer era incontenible. La beso con pasión, invitándola otra vez a empezar de nuevo aquella aventura. Sara se dio cuenta que es lo que Sebastián le estaba proponiendo. Sara también lo deseaba, lo quería sentir una vez más, pero ya no en el departamento de él, sino, en el suyo. Ahora le tocaba a ella ser dueña de la situación y querer sentirse a sus anchas. Ya sentados en el coche, Sebastián le acarició sus pechos y ella toco su miembro viril. Y en ese juego de manos, Sara buscó controlarse y, sin perder más tiempo, le dijo:
-Espera Sebastián...
-¿Qué pasa Sara?
-Sebastián que te parece si vamos a mi departamento... quiero que lo conozcas.
Sebastián también a duras penas pudo controlarse.
-¿Es una invitación o una proposición...?.
-Tómalo como quieras pero esta noche quiero que sea larga para los dos...
-Como usted diga señorita...
Sebastián hizo contacto por inercia y el motor anunciaba el despegue, con una palabra de vencedor, Sebastián y Sara se alejaron de aquel lugar llamado zoológico.
En todo el camino Sebastián no pudo evitar pensar lo extraño de aquella relación tan repentina. No se pudo quitar de la mente que, Sara en ningún momento, le había preguntado si tenía novia o algo por el estilo. Cosa muy rara para Sebastián. “Todas las mujeres preguntan eso, que raro que Sara no lo hace. Mejor así, porque ya estoy arto de inventarme historias para salir de la situación”.
-En esta esquina a la derecha Sebastián... Junto a las rejas negras.-dijo Sara-
-Ya “patrona”... –dijo Sebastián-
Sara, al llegar a su casa, le notó a Sebastián un rostro de preocupación.
-¿Sara no hay problema si dejo aquí mi coche?...
-No Sebas ahora mismo llamo al vigilante para que lo cuide...
Sara regresó con el vigilante vestido completamente de marrón, le dio órdenes estrictas, que vigile el coche de su “amigo”, hasta que se vaya. Sara al terminar, caminó hacía la reja negra, abrió la misma y cuando se dirigía a entrar, se percató que Sebastián estaba conversando con el vigilante.
-Mira compadre, te voy a dar veinte soles cuando salga de aquí, pero eso sí, me cuidas el coche como si fuera tuyo... Es más, toma de adelanto diez soles... Y te vuelvo a repetir cuídalo como si fuera tuyo...
-Está bien joven despreocúpese que seré la misma sombra de su coche...
-Eso espero compadre....
Sebastián le entregó los diez soles al vigilante, caminó más tranquilo al encuentro de Sara, que lo estaba esperando muy intrigada.
-¿De qué hablabas con el vigilante?... –Le preguntó Sara a Sebastián-
-Ah, le decía que estás bien buena... Y él me dio la razón jejejeje...
-Gracioso…
Subieron hasta el segundo piso. Sara se percató que le habían dejado papeles debajo de la puerta y con una mueca de displicencia abrió la misma. Sara invitó a pasar a Sebastián olvidándose de los papeles que tenía en la mano y, Sebastián entró, pero no pudo evitar su curiosidad por aquellos papeles y le preguntó:
-¿Qué son esos papeles Sara?...
-Ah, recibos de luz, de agua común para todo el edificio... Y algunas invitaciones para ir a las discotecas...
-Ah verdad que eres una chica de moda jejejeje
-Búrlate, búrlate, Sebastián... Ya te quiero dejar con la boca abierta cuando me veas modelar un traje de lencería...
-Sí, puede ser ah, ¿no tienes guardado uno por ahí...?
-Sí, tengo varios.
-A ver póntelos... Quisiera que hoy modeles para mí... No hace falta esperar que vaya a esos lugares de moda...
Sara se acercó lentamente hacía él, le besó sin contenerse, Sebastián le empezó a tocar los glúteos con las dos manos y, ella, le dejó de besar.
-Eres un atrevido... Pero me gustas así... Ponte cómodo y prepárate porque te haré el mejor desfile particular que jamás hayas visto...
-Y así dices que soy un atrevido jejejeje... Bueno te espero entonces...
Sara se fue a su cuarto, abrió su closet y una gran duda se apoderó de ella. “¿Cuál de sus prendas de lencería le gustaría a Sebastián?”. Y en esa búsqueda dudosa, recordó aquella prende que desfiló en ese hotel tan lujoso llamado Montreal, que a muchos dejó con la boca abierta. “Este es el traje que le va a gustar a Sebastián, me puedo comer el mundo entero si no le gusta. Hay que empezar por lo primero y lo primero es que a mí me gusta”.
Sebastián se puso cómodo, buscó el mejor ángulo y se sentó muy impaciente. No sin antes mirar las fotos que había sobre el mostrador. Una foto de una pequeña, una adolescente y una con un montón de personas. “Vaya familia tan numerosa y que linda pequeña, seguro es ella. A mí también me está entrando una duda, no le he preguntado si tiene novio o hijo alguno. Sebastián que te está pasando si lo más normal en estos casos es que no te debe interesar”.
-¡Tan, tan!... ¡Sebastián!... ¡Estoy aquí!...
Sebastián, miró hacía el fondo del hall que unían los cuartos del departamento y escuchó que Sara lo estaba llamando pero a la vez escondiéndose.
-¿Sara a qué estás jugando?...
-Sebastián quédate ahí, ni te acerques a mi cuarto...
-Me estás poniendo nervioso Sara... Si no te apuras no se que va a pasar.
-... Hombres, hombres... Siempre se desesperan...
En ese mismo instante Sara apareció con un traje rojo de lencería muy ceñido a sus atributos, con el cabello suelto y mirada desafiante. Comenzó a desfilar llegando hasta la sala, justo al mueble donde estaba sentado Sebastián. Se acercó a él y, sin mirarlo, volteó y de nuevo regresó por donde salió. Haciendo del vaivén una fantasía. Sebastián se quedó perplejo, estupefacto con todo el cuerpo casi desnudo de Sara y, sobre todo, con el hilo dental que separaban los bellos glúteos de Sara. Por primera vez Sebastián se pudo dar cuenta que las mujeres no son un objeto sexual o algo que se le parezca; hay algo más allá que todavía él no conocía y que el meollo de hacer el amor no radicaba en la penetración, sino en todo el concepto que fuera. Sara, se escondió de nuevo y después de unos minutos volvió a salir con otro traje de lencería. Pero ahora negro y más ceñido a sus demoledores atributos. Hizo lo mismo, con los mismos movimientos, con la mirada despectiva se acercó a Sebastián, no le miraba, volteándose lentamente, regresó al mismo lugar de origen. Sebastián, se dio cuenta que su parte íntima se endurecía, se lo empezó a acomodar a cada rato sin saber qué hacer. Por primera vez una mujer lo tenía así, sin poder hacer nada y, sobre todo, con la boca abierta. Y todo explotó cuando se dio cuenta que Sara empezaba nuevamente a salir de su cuarto, con unos lentes negros y completamente desnuda. Sin ningún traje de lencería. Ahora Sara sí le miraba a Sebastián, se acerco a él, se detuvo mirándolo, le dejó de mirar y empezó otra vez a regresar por el mismo lugar; pero Sebastián, no se pudo controlar, se puso de pie y de un brinco, le agarró por detrás y la detuvo y sin aliento le dijo:
-¿Alguna vez te han dicho que eres espectacular?... –Preguntó Sebastián-
Sara, le respondió ya sintiéndose presa de pasión.
-Mmmm algunas veces; pero sin importancia... Pero, no como ahora...
Sebastián la volteó a Sara, se miraron frente a frente, le dio un beso de locura, y se la llevó cargada al cuarto.
Ya en el cuarto, al borde de la cama, Sara le empezó a quitar la ropa sin impórtale cerrar la ventana de su cuarto que daba a la calle. Sebastián se dejó quitar la ropa tocándole todo lo que podía tocar en ese momento. Cuando Sara le sacó el pantalón, Sebastián automáticamente buscó su billetera y sacó un preservativo maltratado por la misma. Sara se dio cuenta y se lo quitó al instante.
-¿Hace cuánto tiempo te has hecho la prueba del Sida...?. –Le preguntó Sara-
Sebastián con una risa de admiración le respondió:
-Un par de veces al año... ¿Y tú Sara?...
-También, igual... pero hoy Sebastián, te quiero sentir sin ese maldito globo...
-Como tú quieras muñeca, ya que veo que de alguna manera somos responsables... ¿Y contra el embarazo que usas?...
-Tomo pastillas, por eso no te preocupes...
Sebastián, miró el cuerpo desnudo de Sara y empezó hacerle el sexo oral, totalmente enloquecido y muy apasionado. Sara, presa, vulnerada se dejó vencer, llevando al compás sus gemidos. Con deseo le pedía a Sebastián que siga con el ritual que le estaba haciendo gozar. Sebastián, terminó de darle los besos con sal para que ella haga lo mismo. Sara lo abrazó, lo voltio y desde su frente empezó a bajar lentamente. Ya Sara le hacía el sexo oral sin medidas, ni tabúes. Sara se olvidó de la gravedad, sabía bien lo que estaba haciendo. Sebastián nunca pensó en algo razonable, su mente, estaba en blanco.
-Póntelo tu misma... –dijo Sebastián-
Sara capturó al protagonista principal de la escena con sus manos y ella misma se llegó a colocar bordeando los labios hasta llegar a la gloria. Moviéndose lentamente se percató del sonido del teléfono y no le dio importancia. Con varios minutos de goce y placer, ella sintió que estaba a punto de terminar. En eso Sebastián la volteó, se cogió de una pierna de ella y empezó a cabalgar muy lentamente mirándola enmudecido. Sara terminó primero, satisfecha esperando que Sebastián hiciera lo propio. Sara observó que a Sebastián le empezaba a nacer una gota de sudor por su frente y con su mano delicada se la limpió. Sebastián ya estaba convertido en un autista a punto de acabar... Gritó como un superhéroe, no se movía, porque ya había terminado. Cayó rendido, refugiándose en los pechos de Sara. Los dos estaban exhaustos, abrazados y, completamente desnudos, en una cama grande y completamente desordena.
Ya echados separados por el calor mirando el techo rozado del cuarto. Se dieron cuenta que cada uno quería decir algo; pero el silencio se apoderó de ellos dejándolos completamente mudos. Sara se levantó, se dirigió al living en busca de su cartera y al abrirla sacó un cigarrillo de marihuana. Regresó al cuarto con el cigarrillo prendido sentándose en la cama junto al cuerpo desnudo de Sebastián.
Sebastián se percató del olor de la marihuana y muy placentero se empezó a reír observándola fumar.
-Así que fumas marihuana... Está muy de moda ¿no?... Me da gusto Sara que seas sincera conmigo, me sorprende la libertad y naturalidad con que haces las cosas.
-¿Quieres un poco Sebastián?... la marihuana me relaja y fumo desde que entré a juntarme con toda la gentita de modas.
Sebastián, ya estaba con el cigarrillo de marihuana en su mano. Empezó a fumar, tosiendo constantemente sin dejar de mirar a la bella Sara, que estaba bailando lentamente dejándose llevar por los efectos del estupefaciente. Sebastián reía, contagiándose de la risa de Sara.... Los dos bailaban lentamente al compás de una música imaginaria. No paraban de reírse, de conectarse hasta salir de la realidad. Empezaban a contarse las cosas y travesuras de sus vidas, olvidándose del tiempo, claro que sí, del tiempo, porque tanto Sebastián como Sara llegaron a estar en otra dimensión. Una dimensión sin complejos ni ataduras haciendo de los besos el paraíso perdido... Ahora sí, llegaron a encontrarlo. Cada uno con su celular en la mano alucinaban hablar con su espíritu. Burlándose de la muerte y dejándose llevar por el humo de la marihuana. Aprovecharon en hacer el amor otra vez. Hicieron el amor no se cuantas veces pero en otro tiempo. Comiéndose a besos, devorándose sin dientes y quemándose con el fuego que emanaban sus placenteros cuerpos. Intercambiaron números de teléfono, direcciones y fechas de cumpleaños. Terminando muy exhaustos en la cama, con el único sonido, el de un reloj de pared...
Al día siguiente ya de día y con un sol de invierno. Sara despertó sin ver a Sebastián. Lo empezó a buscar por el baño, por la sala y tampoco lo hallaba. Se puso un buzo deportivo y un polo que encontró por ahí y salió de su departamento para preguntarle al vigilante. Este le dijo que el joven salió hace ya más de dos horas dejándole una nota en el mostrador de su sala. Es lo único que dijo el vigilante, que muy contento le informaba a Sara lo ocurrido. Ya que él, en su bolsillo de su pantalón marrón llevaba los veinte soles que se había ganado por cuidar el coche de Sebastián.
Sara subió las escaleras del edifico corriendo y abrió su puerta dejándola abierta. Y con una mirada fija se dio cuenta que efectivamente había una nota sobre el mostrador, junto a la foto de aquella niña que era ella. Sara levantó el papel y lo leyó:
Sara:
Nunca he conocido una mujer tan maravillosa como tú. ¿Pero te pido un gran favor?... No me llames, ni me busques, espera que yo lo haga...
Sebastián.
Sara terminó de leer la nota, caminó lentamente hacía su puerta y la cerró. En el mueble ubicó su cartera y sacó la foto instantánea que le tomaron en el parque del zoológico. Se admiró mucho de la belleza de aquella foto donde estaba junto a Sebastián y al gran elefante. Hizo de su mirada un vació desafiante, ahogó unas palabras en su boca y, después, pensó en voz alta:
“No me llames espera que yo te llame”… jajajaja, eso es lo que tú crees Sebastián... Eso es lo que tú crees”.
(Esta canción describe lo que es Sebastián con las mujeres, claro está, antes de conocer a Sara. Sinónimo de Sebastian: un hombre de Hielo. Rata Blanca y sus atinadas canciones)
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